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América tuvo una reina negra

27 junio, 2018 Isabel Soto

La coronación de la primera reina negra de América es uno de los pasajes menos conocidos de lo que aconteció tras la revolución de Haití (1791-1804).

Tal suerte llegó a María Luisa Codovic por su vínculo matrimonial con Henri Cristophe, uno de los líderes de ese movimiento.

La otrora esclava recibió el cetro de ébano que la identificó como tal en 1811.

Ello ocurrió en una ceremonia muy parecida a la realizada siete años antes por Napoleón Bonaparte, en la Catedral de Notre Dame.

Apenas 15 años tenía cuando conoció al hombre que de presidente (1807-1811) ascendió al trono como el rey Henry I (1811-1820).

La intención de situar a Haití entre las naciones más relevantes de la época marcó el reinado del antiguo esclavo y criado de mesón.

Los mejores ejemplos de ello son la construcción del suntuoso Saint Souci y de la fortaleza La Ferriere.

Ambas eran vistas en su época como las más suntuosas y geniales edificaciones de la región.

La Corte de Henry I

La pomposa coronación de Cristophe y de María Luisa también trató de imitar el lujo en la lejana Francia.

Al arzobispo Cornelle Brelle correspondió depositar las coronas sobre la cabeza de ambos y ungirlos con aceite de coco.

Ocho duques, 22 condes, 27 barones y cuatro caballeros, conformaron la corte haitiana entonces.

Duque de La Mermelada, conde de la Limonada y barón del Cacao, son algunos de los títulos que recibieron estos hombres.

Cristophe trascendió como el Napoleón negro y de hierro mas su esposa es recordada como una monarca bondadosa y maternal.

Sin embargo, tanto amor se profesaba la pareja que el rey ordenó celebrar fiesta nacional cada 15 de julio en honor al día de su matrimonio.

Lamentablemente la monarquía terminó convertida en un régimen despótico y ello motivó una sublevación popular.

Esta crisis es lo que tal vez llevó a Cristophe al suicidio, aunque también incidió la angustia que sentía por la apoplejía que comenzó a padecer.

Después de su muerte (8 de octubre de 1820) María Luisa y sus dos hijas partieron a Inglaterra y luego a Italia.

Y a pesar de la distancia la otrora reina continuó recibiendo honores como viuda de un jefe de Estado hasta que le llegó la muerte en marzo de 1851.

 

 

 

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