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“El caos está servido”

19 diciembre, 2017 Federico Cruz

Por: Federico Plus

Mientras éste avanzado capitalismo asfixiante continúe intensificándose, sacando lo peor de nosotros, es más que probable que los ciudadanos de Occidente, por ubicarnos en un espacio geográfico, ya que éste es un fenómeno humano y mundial, se seguirán decantando por opciones políticas de derecha. Y es que si reflexionan un poco al respecto, confirmarán que es la lógica más elemental la que está operando en la actualidad. Se vota a la derecha en resguardo de lo propio porque el presente y el futuro se perfilan amenazantes, inciertos, y ante ese desasosiego, la única salida efectiva parece ser la huida a lo más íntimo. La defensa de lo más próximo y la de nuestros bienes primordiales para que nadie nos los pueda arrebatar. Es por eso también que el discurso del miedo –propio de las derechas- cala formidablemente bien entre los electorados contemporáneos. Además, de ser la derecha la dueña del 90% de los medios de comunicación, con especial ahínco en el mundo hispano, lo que desequilibra y desvirtúa el juego y la competencia política, impregnando a los procesos de elección de una muy baja calidad democrática.
En buena medida, es por esto que desde hace tiempo no me sorprenden los resultados electorales de los comicios celebrados a través de América Latina y Europa. Los valores que promueven y configuran a los partidos de derechas, que de hecho ya no se cortan en nada- cada vez emplean métodos más arbitrarios y antidemocráticos para alcanzar sus fines, son las mismas características que nos desvela la modernidad como suyas: altivez, superficialidad, inmediatez, codicia, insolidaridad, etcétera. Casan perfectamente con la mentalidad de buena parte de los electorados contemporáneos, especialmente los jóvenes. No se fíen de los bufones que vociferan en los medios de comunicación y las redes sociales lo contrario: que vivimos el auge de los populismos de izquierdas, nada más mentiroso y lejano de la realidad. Es muy probable que quienes hacen esas afirmaciones sean quienes estén lucrando del estatus quo vigente.
Por otra parte, es verdad que los ciclos económicos y los ciclos políticos siguen patrones y tiempos distintos, y también que las economías están en crisis -aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario- la verdad es que hoy nadie las tiene todas consigo, el panorama es sombrío. Vivimos en tiempos de escasa predictibilidad y poca planeación; vivimos a merced de impulsos e insensateces, peleando con uñas y dientes por nuestros derechos más elementales y atrapados por el consumo que es infinito y coloniza todos los ámbitos de nuestras vidas. No hay paz ni descanso, el móvil emite mensajes el día entero. El “con-texto”, lo que está tejido con, no es sostenible por una razón de mera aritmética. Son demasiados los pobres y demasiado ricos los ricos, y para colmo todos al amparo de un mundo en el que los recursos naturales tienen fecha de caducidad. 
El caos está servido porque la inconsciencia es la Ley, la fuerza que rige nuestras decisiones, nuestras convicciones. Los ricos están tan por encima y los pobres tan por debajo que nadie es consciente ni se hace cargo del Frankenstein que hemos creado, las mayorías ignoran la gravedad de la situación en la que estamos sumidos y son muy pocos los que la identifican y tienen algún liderazgo y la inteligencia suficiente para concientizar a las masas. Las clases medias y pequeño burguesas: focos históricos de insubordinación, de insatisfacción, de crítica y a la postre de progreso, cada vez se adelgazan más, lo que merma su capacidad de contribución e impide el surgimiento de una intelligentsia social que plantee soluciones a las crisis que nos aquejan y que cada día se arraigan más.
No me gusta ser ave de mal agüero (menos en supuestas épocas de promesas y renovación), más bien me autodefino como lo contrario: como una persona optimista, de allí mi conciencia crítica y mi infinita inquietud, pero les confieso que no veo el horizonte con buenos ojos, si de algo estoy seguro, en estos tiempos tan lejanos de las soluciones dialogadas y tan próximos a la imposición y el amor por el dinero, es que la soledad y el sufrimiento se entronizarán como las dos grandes enfermedades de la centuria, producto de la ansiedad, la depresión, la injusticia, la aberrante desigualdad económica y la destrucción de lo público, las catástrofes asociadas al cambio climático y las crisis humanitarias que hoy, más que nunca, reúnen las causas para perfilarse crónicas;  estamos dando los últimos retoques al régimen de incertidumbre y conflicto que algunos sabios, como Zygmunt Bauman, advirtieron caracterizaría al siglo XXI.

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