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Corazón de Fuego

22 junio, 2018 Carroll Rios

La reacción fue espontánea y abundante. Empáticamente, muchos guatemaltecos se pusieron en los zapatos de los damnificados por la erupción del Volcán de Fuego el pasado 3 de junio. Abastecimos a los sobrevivientes de ropa y comida. La retroalimentación también fue pronta: ya no más comida, mejor envíen colchonetas, medicinas, doctores e insumos para los socorristas. El esfuerzo de coordinación fue francamente asombroso. Los liderazgos ya reconocidos, como los del Aeroclub y el Club Rotario, por ejemplo, unidos a las respuestas institucionales, como los bomberos y Conred, diagnosticaron, dirigieron y planificaron sobre la marcha.

Claro, no todo fue perfecto. Hubo duplicidad e ineficiencia, disgustos, susceptibilidades, acusaciones, tensión, agotamiento. También hubo críticas maliciosas y desagradables aprovechados e interesados. Y héroes y benefactores anónimos cuyos aportes callados hicieron la diferencia.

Las trágicas secuelas de la erupción del Volcán de Fuego nos invitan a reflexionar sobre las luces y sombras de la ayuda humanitaria. Dos libros sobre la caridad nos ayudan a destilar lecciones para discutir y aplicar. Recién llegó a mis manos el libro por el economista Christopher J. Coyne, “Haciendo daño al hacer el bien, por qué la ayuda humanitaria fracasa” (2013). Por su parte, en el 2006, el actual presidente de American Enterprise Institute (AEI), Arthur Brooks, escribió: “¿A quién realmente le importa?”

Destilamos de estas dos lecturas varias lecciones importantes.

1. Da quien tiene qué dar. Llamamos caridad al acto de dar de nuestro tiempo y bienes materiales. Disponemos de recursos propios. Robarle a Zutano para darle a Fulano no es caridad. Redistribuir lo que el gobierno previamente ha confiscado no es caridad, es redistribución a secas. Los datos de  Brooks son sorprendentes, porque, en Estados Unidos, quienes tienen fama de ser egoístas son más caritativos que quienes tienen fama de preocuparse por los desvalidos. Las personas de izquierda se ufanan de abogar por los indigentes, pero dan poco de su propio bolsillo. Quizás eso es consistente con su visión estatista y redistributiva. Incluso los pobres dan más, proporcionalmente, de lo que poseen, que la izquierda estadounidense.

2. Los religiosos donan más que los  sin fe. Es una generalización quizás odiosa, pero previsible. Muchas religiones y, sobre todo el cristianismo, predican el amor al prójimo y motivan a las personas a ser solidarias. Las iglesias, por otra parte, sirven como confiables redes de apoyo comunitario.

3. La ayuda humanitaria puede hacer daño. Coyne da como ejemplo el proyecto para “hacer florecer el desierto” en la parte de sur de Afganistán. Fracasó rotundamente la inversión estadounidense, que fue pregonada como la creación de un modelo replicable de desarrollo, una “América en Asia”. En su lugar, florecieron grandes plantaciones de heroína, nació el talibán beligerante, se sembró la dependencia económica y algunos de los supuestos beneficiarios empobrecieron. Funcionan los proyectos que aprovechan el conocimiento de tiempo y lugar, adaptables, y que empoderan a los locales a subsistir de actividades productivas por cuenta propia y en el largo plazo.

4. La ayuda humanitaria tiene dimensiones económicas que requieren de respuestas económicas. A veces se quieren ignorar las realidades económicas, como para hacerlas desaparecer, pero ello no ocurre. Únicamente genera decisiones que pueden acarrear estancamiento o retroceso en las condiciones económicas del área en cuestión.

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