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De la real Nueva Política

10 marzo, 2017 Carlos Morales

Si de verdad queremos cambiar, cada quien debe comenzar por sí mismo y juntos, velar por la búsqueda del bien común.

Desde abril de 2015, en Guatemala se habla y se critica un concepto al que se ha denominado Vieja Política. Con esta expresión se intenta englobar el conjunto de acciones tradicionales que los políticos llevan a cabo y que incluyen malas prácticas como la corrupción, así como la injerencia en otros poderes que no son precisamente al que pertenecen.

Para atacar ese mal, se habla entonces de la Nueva Política. Y lo hacen hasta los académicos, aun a sabiendas de que son términos inexistentes, pero digamos que aceptados en nuestra realidad. Lo malo es que nadie dice exactamente qué es la tan mencionada Nueva Política. Creo que en el fondo es porque nadie quiere reconocer de qué se trata, pues en este país todo mundo está acostumbrado a lo que se ha convertido en el statu quo de nuestra sociedad; es decir la práctica de la Vieja Política.

La Nueva Política, en realidad, desde mi particular punto de vista, podría definirse como el conjunto de acciones que de manera colectiva nos ayudan en la búsqueda y consecución del bien común. Esas prácticas que privilegian el bien colectivo sobre los intereses particulares. Pero eso, ya se ha visto que es poco menos que imposible. Cada quien, en casi todas las áreas de la vida, pretende beneficiarse a costa de lo que sea y de quien sea.

Y aunque lo que hacemos es incorrecto, pues atenta contra el principal propósito de nuestra constitución como sociedad, así ha sido desde siempre y por eso se ha tomado como el normal actuar.

Cambiar la forma de actuar de los políticos, de los empresarios y de todos los guatemaltecos en general, es una tarea imposible en el corto y mediano plazos. Y eso ya se ha visto. En el Congreso, por ejemplo, algunas cosas se vieron, pero solamente atizadas por el temor de perder su estatus. Una vez disminuida la tormenta, las aguas están recuperando su nivel y todo vuelve a la incorrecta normalidad en la que vivimos desde hace siglos.

En realidad si queremos una Nueva Guatemala, basada en la práctica de una Nueva Política, tenemos que ir hasta las raíces de nuestra sociedad. Debemos transformar el pensamiento individual y darle un sentido diferente a lo que ahora racionalizamos como normal. Eso solo se conseguirá cambiando la forma de pensar de los niños. Si eso se logra, ellos formarán familias con pensamientos diferentes y, si la familia es el núcleo de la sociedad, tendremos una sociedad diferente. Solo así, entonces, podremos pensar que podrá haber una Nueva Política.

Dicen que árbol que nace torcido, jamás su rama endereza. Y eso es precisamente lo que sucede en la actualidad. Aunque algunos se quieran vender como los practicantes de acciones diferentes, en realidad solo quieren ganar adeptos para seguir beneficiándose de manera particular, pero nada de buscar el bien común.

Necesitamos formar nuevos ciudadanos. Entonces, debemos entrar al proceso de construcción de una nueva ciudadanía. Es decir, en la edificación de personas con valores diferentes para que comprendan que su calidad de ciudadano implica derechos y obligaciones que, de no cumplirse, implicarán perjuicios colectivos que se revertirán en contra de nuestros intereses particulares.

Para tener una real Nueva Política, nos urgen ciudadanos conscientes de su realidad y de que cualquier cosa que hagan atentando contra la sociedad, también implicará un perjuicio para sí mismos.

Y en esta línea, el respeto a la ley es clave. Solo así se podrá vivir en ese Estado de derecho que todos reclamamos, pero que también todos evadimos, pues queremos que los demás cumplan, menos nosotros.

Si queremos cambiar, tenemos que comenzar por cambiar nosotros mismos. Ese será un buen principio

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