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Del “mal vivir” al “buen vivir”

27 abril, 2017 Adrian Zapata

Del dolor expresado en la pasión y muerte y del arrepentimiento penitente de los cortejos religiosos, transitemos hacia la resurrección.

La Semana Santa quedó atrás. Pasan tantas cosas en este país que podría parecer mucho tiempo el transcurrido desde entonces. Sin embargo, hace apenas pocos días que la devoción católica se volcaba a las calles en esa apoteósica celebración del sacrificio hasta la muerte. En nuestra cultura nacional, más allá de la iglesia a la que se pueda pertenecer, el sentimiento de culpa, de pecado, es preponderante y caracteriza, año con año, esta celebración religiosa. El gozo de la resurrección no logra prevalecer sobre la conmemoración del sufrimiento. Por eso, el dolor penitente de los Viernes Santos es socialmente importante, situación que es reflejo de nuestra sufrida historia y de la perenne y lamentable continuidad de ella.

El duelo masivo de la Semana Mayor es correspondiente con el sufrimiento que abruma la cotidianidad de la vida del pueblo. Y no me refiero solo al justificable hastío de la población, principalmente urbana, frente a la corrupción y la política, que a veces raya en histérica descalificación de todo lo que tenga que ver con lo público. Pienso en el hambre, la enfermedad, la desnutrición, la muerte, la marginalidad hasta la exclusión, la desigualdad acompañada de la pobreza generalizada, la discriminación, la ignorancia y tantos otros males sociales que padece la inmensa mayoría de los guatemaltecos. El “mal vivir” es la forma de vida de dicha mayoría, producto de la endémica coexistencia con el desconsuelo. Este concepto es la negación del esfuerzo que hacen actores sociales alternativos en nuestro continente, para definir las máximas aspiraciones que imbuyen sus luchas ancestrales y contemporáneas, a lo cual denominan “buen vivir”.

La catarsis colectiva que se produce en la Semana Mayor dio paso a la “normalidad”. En los centros urbanos, las calles dejaron de ser lo que momentáneamente fueron, espacios públicos tomados por la gente, y de vuelta a la zozobra cotidiana por la incertidumbre sobre la sobrevivencia, debido a la violencia delincuencial imperante. En las áreas rurales, la exacerbación del dolor dio paso a la normalidad dolorosa de las condiciones de vida dramáticas que impávidamente continúan.

Es importante aclarar que estas opiniones no pretenden desvalorizar la fe que inspira el comportamiento de los guatemaltecos durante la Semana Mayor, ni lo valioso de las tradiciones que durante ella se repiten. Son solo un intento por provocar la reflexión sobre la necesidad de resaltar la importancia de la visión cristiana de la resurrección como una nueva oportunidad que nace del sufrimiento, pero no para exaltarlo en sí mismo, sino para abrirle paso a la esperanza. Esto es válido para todo pensamiento cristiano, evangélico o católico e inclusive para los no creyentes. Pensemos que la muerte debe dar paso a la vida.

Del dolor que se expresó en la pasión y muerte recientemente conmemoradas y del arrepentimiento penitente que inundó los cortejos religiosos, debe transitarse hacia la resurrección.

Superemos la cultura de soportar la adversidad. El rumbo debe ser, visto desde una inspiración cristiana, pasar de la muerte a la resurrección, del “mal vivir” al “buen vivir”, dirían otros. Aprovechemos los rescoldos de sensibilidad espiritual que la Semana Santa nos pudo haber dejado y pensemos en la necesidad de subordinar intereses particulares y sectoriales a la indispensable concertación nacional.

Todos tenemos algo que aportar en ese necesario tránsito virtuoso. Pero la principal responsabilidad, como siempre, recae en los liderazgos y en las escasas élites existentes en la sociedad guatemalteca.

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