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El helado permitido

16 junio, 2017 Mauricio Chaulon

El sistema dominante y hegemónico permite; es decir que da su permiso, autoriza, decide quiénes sí y quiénes no, porque eso de la soberanía sólo es del diente al labio como coloquialmente se dice. Ese sistema dominante y hegemónico afirma a unos y niega a otros. Es permisivo con estos y desplaza a aquellos. Y eso se normaliza o a veces (la mayoría del tiempo, creo) ni se entiende. Desde el multiculturalismo neoliberal los poderes del sistema decidieron al indio permitido, como bien lo ha explicado Charles Hale. Nos referimos al indígena que se le reconozca su idioma, sus códigos vestuarios, sus lugares sagrados, incluso que tenga la posibilidad de ocupar cargos públicos de cierta relevancia, pero nada más, que no cause problemas. Demandar tierra, Estado plurinacional, resarcimiento digno y transformaciones estructurales ya no se permite. Ese es el indio no permitido, el necio, el que no entiende que sólo las hidroeléctricas, la minería y otros megaproyectos generan desarrollo. Es el indio racializado, al que se le debe hacer a un lado porque estorba.

Lo mismo con las y los jóvenes. La juventud permitida de la segunda mitad del siglo XX en Guatemala tenía el permiso de tomar el espacio público para mostrar los actos cívico-militares. La no permitida sufrió brutal represión: se le mató, se le calló, se le censuró, se le desapareció, se le lanzó como cadáveres para mostrar el castigo por incumplir con el deber ser. Aquella, la permitida, era ladinizada o indígena militarizada y evangelizada en el neopentecostalismo. El comportamiento disciplinado de ambas pasaba por mantener el cabello corto para los hombres y peinado para las mujeres; heterosexual, cristiana, tendiente al éxito del capital aunque no fuese cierto que lo lograsen, decidida a formar una familia ejemplar y consumidora de lo que el sistema ofrece. La otra, la no permitida, es la de pelo largo en los hombres, de la diversidad sexual, del cabello alborotado y libre en las mujeres, manifestante, militante por la justicia social, crítica, dispuesta a luchar por las transformaciones profundas, no necesariamente creyente en la religión y con una espiritualidad fundamentada en la libertad. Para eso se inventaron los colegios y las universidades privadas tratando de marginar la educación pública como generadora de luchadoras y luchadores sociales.

Esto de lo permitido y lo no permitido va en avance. El neoliberalismo se ha encargado de complejizarlo. Hoy resulta que existen imitaciones burdas de mercados populares para que las y los esnobs “sientan” que están comiendo en un mercado. Empresarios de la gastronomía en México lo han hecho y ahora se pretende replicar en Guatemala. Claro, para que aquella persona de capas medias “no se ponga en peligro de ser asaltado o de contraer una enfermedad, porque eso es para los pobres o para los que están acostumbrados a la inmundicia”. Esto lo pongo entrecomillado porque me lo expresó una persona de mapas medias cuando hablábamos del asunto.

En los espacios públicos, sobre todo de interés turístico, ocurre lo mismo. Dos casos emblemáticos abrieron en esto la última década del siglo XX, en pleno despliegue neoliberal: los Juegos Olímpicos de Verano en Barcelona, en 1992; y la III Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno en Salvador de Bahía, Brasil, en 1993. A los gitanos y otros grupos populares los sacaron de las playas barcelonesas. A las niñas y los niños empobrecidos de Bahía los expulsaron de las calles centrales. En ambas ciudades acordonaron con policías y escondieron la pobreza.

Pero el neoliberalismo va más allá. Ahora se trata de negarle relaciones a los sectores populares que venden sus productos. Si van a llegar como consumidores, pues se les permite aunque no del todo. Hay espacios con precios muy elevados que expulsan de manera tácita al consumidor de capas medias bajas y al sujeto popular. Y fundamentalmente que sean las grandes corporaciones locales o extranjeras las que vendan. Lo popular que quede al margen, que no se vea, que la vendedora y el vendedor históricos desaparezcan y sean suplantados por la ficción, lo plástico, lo artificial.

En la Antigua Guatemala los vendedores de helados están siendo expulsados de las calles a través de una medida legal que tiene que ver con el artículo 4 del Reglamento Municipal. Nadie puede, entonces, tomar su carreta y salir a vender para sobrevivir, que es una de las actividades humanas más antiguas. Vender en los espacios públicos es más histórico que el comercio a gran escala. No fueron los legalismos que favorecen a las grandes corporaciones que monopolizan el comercio los que le dieron vida al comercio mismo, sino los comerciantes trashumantes, caminantes de desiertos, selvas, estepas y puentes de historia.

En una Antigua Guatemala que ha sido saqueada por corruptos y hoy está siendo neoliberalizada como otra forma de corrupción sólo que legal, los sectores populares están quedando afuera. Los precios y las relaciones económicas están favoreciendo al esnob y al extranjero que paga precios elevados. El espacio público transformado en espacio privado que se disfraza de público porque es para el turismo y la plasticidad. Y al empobrecido se le margina de nuevo, se le niega vivir, y no se hace nada por mejorar sus condiciones.

Alcaldesa que sigue la línea de un Arzú que sólo ha hecho de la que él llama “la ciudad del futuro” el futuro de la acumulación de ciertos sectores en detrimento de lo que realmente se necesita. Hoy, amable lector y lectora, el helado permitido es el que dicte la municipalidad neoliberal del barroco plástico de la Antigua Guatemala.

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