ACTUALIDAD

El pequeño Trump que todos llevamos dentro

2 febrero, 2017 Maria Olga Paiz

Permítanme que les distraiga un momento del hombre singular y su penúltimo desmán.

Yo Trumps aquí conozco por puñados. No todos tienen el poder de firmar órdenes ejecutivas ni van así de malvestidos. A pocos les queda tan cobrizo el bronceador. Algunos se dejan melenas de león viejo y comparten el gusto del nuevo POTUS por los excesos, la hipérbole y la sobregesticulación, o bien su necesidad de reconocimiento o su marcada autoindulgencia.

Aunque no demos el alto al copete, tanto ustedes como yo llevamos un pequeño Trump adentro. Otros, no tan adentro.

A las pruebas me remito.

Cuántos como Trump quisieran vivir en un universo paralelo, libre de tráfico, delincuencia y contradicciones. Pasar en limpio un mundo que nos contraría y nos frustra. Editar de él lo shuco, lo chueco, lo feo.

Son legiones a las que he escuchado decir que no ven noticias ni leen diarios, porque les envenenan la vida y pregonan su ignorancia sobre los asuntos del mundo o el país, a la vez que justifican un sacrosanto derecho al ostracismo. Preferirían titulares positivos. Noticias optimistas. Espacios purgados de crítica y disenso. Al fin y al cabo no todo es violencia, corrupción y pobreza, como cada quien tiene la gracia de comprobar en su vida cotidiana.

De vez en cuando, hasta sano puede resultar un detox de tanta mala nueva en los medios, a qué negarlo. Todos tenemos momentos de hastío y necesidad de evasión. Ratos en que no podemos asimilar otra balacera en una primaria, un nuevo escándalo de la saga CICIG, otro terremoto o catástrofe más. Pero cada vez son más quienes se declaran en vacación permanente de la realidad, montan residencia en ese mundo distópico. Detestan que otros les perturben la ficción tan depurada y empiezan a ver como antagonistas a quienes no habitan a tiempo completo en la coraza, hecha como un tacuche, a la medida.

La autoindulgencia es otra manía que muchos compartimos con Trump. Tampoco vamos a negar que aquí abundan los que se pasan de comprensivos consigo mismos, los que justifican los errores del pasado, las propias flaquezas, cobardías, pereza, corruptelas. Las identidades frágiles que excusan los propios excesos y, para compensar y cuadrar las culpas en el libro, están dispuestos a echarle el muerto a los empresarios, a narcos, a los izquierdosos, a los indígenas o a los extranjeros, o al Señor de Esquipulas del descalabro del país. La benevolencia de estos buenos émulos de Trump se extiende a los próximos y parecidos, y para ellos se piden cadenas de oración y un cielo de puertas abiertas. No toleramos bien, en cambio, los errores ajenos ni condescendemos con ideas que riñen con las nuestras.

En Guatemala estamos plagados de autócratas de todo cuño, que han querido corregir de un plumazo la pobreza, la delincuencia, los secuestros o el desgobierno en las cárceles. Nosotros mismos pecamos a veces de impaciencia, y en la premura nos encaprichamos con soluciones instantáneas a problemas históricos.

Donald Trump nos resulta detestable, pero familiar al fin porque encarna, como muchos antihéroes, los vicios de nuestros tiempos y nuestra tierra: el ensimismamiento, la autoindulgencia y el proteccionismo autoritario. Mañas que, como ven, no son exclusivas de los gringos o los republicanos o los derechistas.

Resultaría pues muy alcahuete indignarse frente a Trump, si no corregimos al pequeño vano, caprichoso y distópico que llevamos dentro y con el que condescendemos más de la cuenta.

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS