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El Timo de la Estampita

14 agosto, 2017 Federico Cruz

No lo voy a negar, nunca sentí afección por el Movimiento Cívico Nacional (MCN) y denuncié sus actuaciones cada vez que tuve oportunidad, no hago leña del árbol caído, su prédica de odio me empujó a desmenuzarlo desde un primer momento en éste y otros espacios. Su propio advenimiento, el hecho que motivó su surgimiento, fue un falso espectáculo oportunista que más adelante demostró ser también una patraña ideada por un psicópata. Lo que empieza mal termina mal. Más que cohesionar y unir a la población, que es lo que tanto echamos en falta los guatemaltecos, el MCN se esfuerza en fraccionarnos, en infundir miedo y confundirnos con mentiras desde la más burda estulticia disfrazada de “erudición” neoliberal.

Sin necesidad de rascar mucho sobre la superficie, me percaté de que el objetivo del movimiento consistía en adoctrinar a las masas, clases medias y bajas urbanas, con el fin de prevenir que éstas decidiesen un día respaldar una opción carismática de izquierdas. Una alternativa más sensible a la miseria, la violencia y el desamparo en el que perviven la mayoría de los guatemaltecos. De lo que se ocupaba el MCN, en verdad, era de descalificar y desgastar a toda opinión y opción política que entrañase a priori una alternativa más deliberante y democrática. Su objetivo principal era resguardar los intereses de las capas más altas y reaccionarias de la sociedad. De allí el estilo neo-fascista de sus integrantes, la virulencia y lo infundado de sus discursos y lo dicotómico de sus planteamientos: malo/bueno, socialista inútil-neoliberal inteligente, empresario productivo-funcionario u “oenegenero” mantenido.

Reconozco que identifiqué rápidamente sus intenciones porque crecí asediado por su mentalidad, en el entorno de sus promotores. Conozco personalmente a su fundador y a muchos de sus simpatizantes, es por eso que lo que ahora es noticia para mí no es más que una profecía cumplida. La caída de una propuesta malintencionada que no tiene cabida en una sociedad que, aunque muchos se niegan a asumirlo, sueña con ser moderna y progresar. Los guatemaltecos quieren librarse de las cadenas del subdesarrollo y ser dueños de su futuro. No saben cómo hacerlo, por eso caen víctimas de timos y falsas promesas. Sin embargo, resulta que al pasado nadie quiere volver, quién, en una sociedad conformada por jóvenes, anhela reproducir viejos cánones autoritarios y perpetuar los privilegios de unos pocos.

La derecha guatemalteca tiene el gran problema que carece de portavoces y liderazgos políticos ilustrados, sus alfiles no tienen formación en asuntos sociales y humanos (por eso recurren a mercenarios extranjeros), si no apelan al miedo, a los prejuicios, al linchamiento mediático-político y a la generalización de las ideas, se quedan sin argumentos. Entidades como Fundesa se dedican a organizar infinidad de foros y debates que por lo general no desembocan en nada, traen expositores extranjeros y estimulan la organización de convenciones que se quedan en eso, en la pompa y la agitación mediática sin contenido y transcendencia. El propósito es hacer como que hacen mucho para no hacer nada. Es parte del espectáculo que hay que montar de cara al gran público para que éste se piense que están muy preocupados por transformar y modernizar el país. Cuando es vox populi que los privilegios con los que cuentan son la razón de su éxito y la que ha sido la clave de su bienestar desde hace 100 años, por si solos jamás renunciarán a sus privilegios salvo que se vean impelidos por una fuerza mayor.

Los hijos de la élite se formaron en los Estados Unidos, allá aprendieron de Administración de Empresas, Finanzas, Ingenierías y a lo sumo uno que otro estudió Economía o hizo un posgrado en Derecho, pero la mayoría pasaron por alto los cursos de Filosofía, Antropología, Humanidades y Ciencias Sociales porque su objetivo no eran los otros o comprender el país en que nacieron sino preservar sus fortunas, seguir reproduciéndolas en las mismas condiciones de injusticia social y escasa competitividad.

La predica anti-populista y reaccionaria de Arenas y de Álvarez, entre otros, no es más que un velo para encubrir la apremiante necesidad que tienen las oligarquías de blindarse de los desafíos y efectos de la modernidad y para contrarrestar los embates de la CICIG, la Fiscalía y la SAT a sus financistas. Entre otras razones porque los objetivos de dichas organizaciones riñen con el modelo de (sub) desarrollo establecido por ellos, el que no ha hecho más que reproducir la pobreza, ampliar las desigualdades y viabilizar el otorgamiento de prerrogativas abusivas a un grupúsculo de vacas sagradas.

La modernidad va por otra senda y ellos no han querido enterarse. La impotencia de ver como en el mundo desarrollado se ampliaban los derechos de los ciudadanos y se creaban nuevas oportunidades los puso en el avispero y motivó a financiar a un patojo chispudo, ambicioso y de escasos escrúpulos para que se encargara, menuda tarea, de detener el progreso. Lo malo es que ese trabajo requiere de mucho dinero, dinero que nuestras codiciosas elites nunca están dispuestas a desembolsar con presteza salvo que se trate de operaciones que generen jugosos réditos. De allí, quizás, la necesidad que tuvo Arenas de hacer pinza con Sinibaldi, un ratero avezado y con más experiencia que él, para “saquear” adelante su genial e ininteligible movimiento cívico político.

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