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Estas son las secuelas de los niños que viven y crecen en casas-hogares

10 abril, 2017 Paolina Albani Diario Digital

Sin importar si se trata de un hogar de la iniciativa privada o del Estado, vivir y crecer en una casa hogar deja huella en los niños y adolescentes. Según expertos, los menores sufren retraso en el desarrollo cognitivo, emocional y social a causa del encierro y la falta de un núcleo familiar.

Pese a que el Gobierno asegura que el 90 por ciento de ellos cuenta con familia que podría hacerse cargo, existen cerca de 4 mil niños y adolescentes institucionalizados en hogares privados, según el Consejo Nacional de Adopciones (CNA).

Bajo la tutela de la Secretaría de Bienestar Social (SBS) hay cerca de 1 mil 500, entre niños con medidas de protección y en conflicto con la ley. Solo 314 de ellos llenan el perfil de adoptabilidad.

Su interacción con el mundo

Hogar Seguro fue inaugurado en la administración de Álvaro Colom. Foto: Cortesía.
Hogar Seguro fue inaugurado en la administración de Álvaro Colom. Foto: Cortesía.

Leonel Dubón, de Refugio de la Niñez, refiere que “este retraso tiene impactos importantes en la vida de un niño ya que manifiesta serios problemas de interacción social, en su relacionamiento con sus pares (otros niños) pero también en su capacidad de respuesta social y emocional con los adultos”.

“Está científicamente demostrado que por cada año de institucionalización de un niño son cuatro meses de retraso en su desarrollo cognitivo, emocional y social”, agrega.

Harold Flores, procurador de la Niñez y Adolescencia de la Procuraduría General de la Nación (PGN), coincidió con Dubón.

“Institucionalizar a los niños va a influir en su estado emocional y físico, y psicológico. No se desarrollan como niños normales, no pueden salir a pasear y aunque no son prisioneros el tema de la protección los limita mucho”, explica.

Cinco denuncias nuevas cada día

Lilian Palencia, izquierda, tía de una de las menores trasladadas del hogar continua en su búsqueda. Foto: Fabricio Alonzo/ Diario Digital.
Lilian Palencia, izquierda, tía de una de las menores trasladadas del hogar continua en su búsqueda. Foto: Fabricio Alonzo/ Diario Digital.

Cada día ingresan cinco o seis denuncias nuevas de violación y agresión sexual a la Fiscalía de Delitos contra la Niñez, según Rubén Herrera, jefe de la unidad en el Ministerio Público (MP). Si son por maltrato la cifra es mayor.

Se distinguen dos grandes abusos, el maltrato físico y el maltrato psicológico. Si se trata de violaciones sexuales, la más denunciada es la penetración.

La mayoría proviene de las ciudades aledañas a la capital. Mixco, Villa Nueva, San José Pínula y la Ciudad de Guatemala, refiere el Fiscal.

Niños institucionalizados, un número frío

Puerta trasera del Hogar VIrgen de la Asunción. Foto: Fabricio Alonzo
Puerta trasera del Hogar VIrgen de la Asunción. Foto: Fabricio Alonzo

Una semana de encierro para un adulto es equivalente a tres meses para un niño, dice Flores. “Al entrar a un hogar pierden su humanidad y se convierten en un número frío. Hoy se acostaron 20 y tienen que amanecer 20”.

Ni siquiera la presencia de psicólogos y pedagogos tiene el efecto esperado: superar temores, ayudar a su desarrollo. El procurador explica que esto se debe a que los profesionales no están las 24 horas del día, y los 7 días del año.

También juega un papel importante la cantidad de niños a los que hay que atender, pues en los hogares rebasan las capacidad de los profesionales. “Es difícil darle atención a todos”, agrega. La situación se vuelve más difícil si se toma en cuenta que conviven con otros niños con los que no se llevan.

Dubón indica que no hay evidencia de que los psicólogos traten los traumas que los niños traen de sus casas y de la calle.

Patrones de vida

Herrera dice que las consecuencias de los abusos sufridos en los hogares los alcanzan en su vida adulta. “A veces se repiten patrones incluso con sus hijos”. Lo que se conoce como la transformación de la víctima en victimario.

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