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Estrategia de Terror

9 marzo, 2017 Christians Castillo

Los rumores sobre hechos violentos se han desatado. la interpretación conspirativa de los mismos campea en el ambiente.

En las últimas semanas hemos vuelto a escuchar las narrativas que por décadas fueron parte de la época oscura del conflicto armado interno, en la que el terror fue la forma, no solo de doblegar los apoyos de la insurgencia, sino la moral de una sociedad acostumbrada a usar la violencia como mecanismo de sobrevivencia.

Los señalamientos de desestabilización del Gobierno, hechos por el vicepresidente Jafeth Cabrera; “los rumores bien fundamentados” de un posible golpe de Estado, mencionados por el presidente Jimmy Morales; las campañas de desinformación que se riegan sobre casi cualquier tema, los asesinatos de pilotos de taxis, los ataques armados a la Policía Nacional Civil, las amenazas de las maras de recuperar el control de centros carcelarios, amenazas de atentados a operadores de justicia, atentado con granada en el mercado de Villa Nueva, amenazas de artefactos explosivos en centros educativos, denuncias de activación de estructuras dedicadas al secuestro de niños y la solicitud de extradición de dos líderes de la estructura criminal que gobernó el país bajo la fachada del Partido Patriota son algunos de los hechos que generan zozobra, producto de la escalada de violencia que vive el país.

El discurso oficial plantea que algunos de estos hechos, no son significativos en la variación estadística que mide la violencia; no obstante, la incertidumbre que generan se percibe en las cadenas de chats que alertan sobre mecanismos para evitar ser víctima, o la cantidad de “informaciones” que fluyen en las redes sociales y que hacen viral rumores que encrespan los ánimos.

No es la primera vez que la violencia se usa para desestabilizar un gobierno.  De pronto me vienen a la memoria los planes Atanasio Tzul y golpe de mercado que, durante la crisis del caso Rosenberg, circularon y dejaron al descubierto cómo las mentes enfermas entrenadas en tácticas represivas buscan desde ambos lados del espectro ideológico, imponer su visión del caos.

Nuevamente pasamos por un momento difícil, en el que entran en choque estructuras del crimen organizado con una endeble institucionalidad que busca salir a flote, depurando a una clase política corrupta y a quienes obtuvieron ventajas competitivas mediante la cooptación del Estado. Nuevamente la población civil queda en medio de la confrontación.

La estrategia de esparcir rumores, generar enemigos imaginarios o alentar lecturas cataclísmicas respecto de la coyuntura nacional, sin mucho fundamento y basados en suposiciones, es propio de actores de la vieja política que alcanzaron su espacio en la sociedad, siendo efectivos en asustar con el petate del muerto. Sin embargo, en la sociedad del conocimiento en donde el acceso a la información es vertiginoso, solo los incautos se dejan embaucar.

La situación del país es delicada, pero la mejor forma de afrontarla es optando por la defensa de la institucionalidad democrática, la profundización del Estado de derecho, el compromiso con el combate frontal a la corrupción y el respeto de los procedimientos y mecanismos formales. Los procesos irreversibles de desestructuración del modelo criminal de Estado serán sostenibles, si como sociedad le apostamos a resolver nuestras diferencias mediante la justicia y con el firme compromiso de respetar sus procesos, las sentencias y las acciones reparadoras que establezca.

No hay sediciosos que duren cien años, ni sociedad que los tolere.  En la medida en la que la sociedad civil se entrometa en el correcto desempeño de las políticas públicas, en los debidos procesos o en el manejo del poder público, suplantando la institucionalidad además de fiscalizarla, no lograremos estabilidad. La batalla entre “buenos y malos” otra vez está declarada. Es el momento para que elijamos entre lo fácil y lo correcto, no se posicione solo por emoción, el país hoy nuevamente necesita de su razón.

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