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«Euphoria» vuelve a traspasar los límites con su segunda temporada

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Después de una pausa de dos años y medio entre temporadas, con un especial de dos partes en medio, vuelve Euphoria, ofreciendo la más reciente versión de la angustia juvenil.

A pesar de la presencia de la galardonada Zendaya, la serie de HBO sigue siendo tan implacablemente sombría y nihilista que se define excesivamente por lo lejos que el creador de la serie, Sam Levinson, llevará los estándares en términos de desnudez, sexo y uso de drogas. (Respuesta: bastante lejos, sin duda).

Euphoria hace un esfuerzo extra para diferenciarse del estilo telenovelesco de Gossip Girl o de otras contribuciones televisivas al género, esforzándose por rivalizar con las películas más crudas que han explorado estas áreas o con series de primera calidad como Genera+ion y 13 Reasons Why, que a su vez es fuente de controversia.

Sin embargo, cualquier programa de televisión se reduce en última instancia a los personajes, que es donde la serie se queda corta, incluso con los vuelos de la fantasía -dando a ciertos episodios una calidad casi onírica- y la narración de mano dura proporcionada por Rue (Zendaya), cuyas luchas con la adicción persisten.

Levinson estructuró la temporada como una serie de historias que involucran a personajes individuales, uniendo gradualmente esos hilos en el transcurso de los siete episodios preestrenados. No obstante, hay una cualidad repetitiva en los temas que se tratan, entre los que destacan la relación de Rue con Jules (Hunter Schafer) y el triángulo formado por Cassie (Sydney Sweeney), Maddy (Alexa Demie) y Nate (Jacob Elordi), cada uno de ellos herido y dañado a su manera.

La nueva temporada tampoco escapa por completo a la tendencia anterior de reducir a los padres a monstruos o a regaños ineficaces que recuerdan a las voces invisibles de los viejos dibujos animados de Charlie Brown, a pesar de un esfuerzo por dar cuerpo a algunas de sus historias.

Criticar Euphoria como alguien criado en generaciones anteriores de dramas adolescentes corre el riesgo de ser algo así como un «Sal de mi césped», y la serie tiene su parte de admiradores críticos y fans incondicionales, lo que le valió a Zendaya un Emmy por su primera temporada y la intensidad de su actuación.

Dicho esto, tal y como están escritos, los personajes casi desafían a los espectadores a preocuparse demasiado por ellos, y los intentos de la serie por ser vanguardista a veces resultan simplemente repulsivos, incluido un encuentro tardío en el que se empuña una pistola como una especie de juego previo.

Por supuesto, en la era del streaming, una serie como esta no pretende ser del gusto de todo el mundo y no tiene por qué serlo, con la ventaja de que Euphoria atrae a un público que quizá no vea mucho más en HBO o HBO Max. (Vuelve junto con otra serie que presenta un giro diferente sobre las familias disfuncionales, The Righteous Gemstones, que no es un binomio especialmente compatible).

Los adolescentes de Euphoria (interpretados por veinteañeros, como es habitual) no han acaparado el mercado del ensimismamiento y obviamente no lo han inventado. Sin embargo, a fin de cuentas, esta última entrega de episodios se desarrolla con el tipo de eficiencia sombría y desagradable que puede hacer que uno se sienta tan entumecido como parece Rue.

*Con información de CNN

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