Fury-Wilder (II): los tres atributos decisivos con los que arrasó «El Tyson blanco» en una noche inolvidable

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El campeonato mundial de los pesados, el valor al cobro más valioso del deporte profesional, esculpió con sus propias herramientas: lágrimas, sudor y sangre, una de las historias más conmovedoras de su derrotero.

Desde 1892 a hoy, cuando ante el asombro de todos el gran John L.Sullivan terminaba totalmente KO y en la lona frente a James Corbett, en New Orleans, tras 21 asaltos de combate. La corona de los «mastodontes» le brindó en Las Vegas, al inglés Tyson Fury, un gigante de 2.06 metros y 123.800 kg, la posibilidad de escribir una página de vida inolvidable y volver a abrazarse con la gloria tras haber coqueteado con la muerte.

Con el apoyo de 7000 fanáticos británicos entre los 15.818 espectadores que le dieron color, pasión y «rosca» a un recinto vetusto para el gran espectáculo del Siglo XXI como el mítico MGM Grand, Fury derrotó al estadounidense Deontay Wilder, de 2.01 mts y 104.800 kg, por KOT al 1m37s del séptimo round, arrebatándole el cetro máximo del (CMB) y justificando todas las expectativas originadas por éste desquite tras el polémico empate que registraron en Los Angeles quince meses atrás.

Fury, de 31 años, arrasó a su oponente en base a tres atributos decisivos: el aumento de peso para esta ocasión (de 116.400 kilos del match anterior a 123.800 kg), la firmeza de su mentalidad ganadora impuesta desde el primer campanazo, y la puntería de su mano derecha, que sin ser devastadora fue tremendamente dañina para Wilder. Acomodó su estilo y su ventaja de alcance tras perder el primer round y a partir de allí hizo lo que quiso.

Fuente: AP – Crédito: Joe Camporeale

Con un derechazo cruzado derribó al ex campeón en el tercer round, agravando una hemorragia en su oído izquierdo que lo acompañó desde los inicios del cotejo.

Fue el principio del fin: lo volvió a tirar con un impacto al cuerpo en el quinto capítulo y la pelea se dilató sin sentido hasta que Mark Breland y Jay Days decidieron lanzar -tardíamente- la toalla en señal de abandono. Nadie esperaba un trámite de este tipo y pocos entienden aún el pésimo desempeño de Wilder. Vacío de cuerpo y alma y débil como una hoja de papel para absorber golpes.

En una noche llena de estridencias y de millones, de salidas en carroza con ropas de rey (Fury) y con vestuario galáctico (Wilder), el boxeo dio un paso hacia adelante dándole crédito a este Tyson blanco, invicto de 30 victorias (21 KO) y un empate que volvió a cantar en el estadio, a viva voz, con sus seres queridos y sus simpatizantes tras su consagración.

Fresco y sin marcas, Fury, que reconquistó el cetro que había ganado ante el ucraniano Wladimir Klitschko (AMB, OMB, FIB) en Alemania, en 2015, y que luego dejó vacante, declaró:

«El rey volvió para sentarse en lo más alto del trono. Aquí estoy otra vez como campeón. Lo sabía tras derrumbarlo por primera vez. Mi rival mostró ser un guerrero, se debatió y posiblemente vuelva a lo más alto. Eso sí, deberá pasar sobre mí. Ojalá hagamos una tercera pelea. Tuve palabra e hice todo lo que dije».

Fury, que aseguró 25 millones de dólares como parte de un contrato de 100 millones con la empresa Top Rank, que lidera Bob Arum, un notable promotor de 90 años, se recuperó de una seria herida en su ceja izquierda originada por el sueco Otto Wallin, en septiembre último, que requirió de 47 puntos de sutura para cicatrizarla.

El nuevo campeón, de sangre gitana, nació en Manchester. Su padre John, también boxeador, fue violento, pendenciero y abandónico. Su madre irlandesa vivió 14 embarazos.

Algunos interrumpidos. Vio morir a una hermana y fue testigo del encarcelamiento de su papá. Se convirtió en un esposo difícil para su amada París, la madre de sus hijas: Venezuela y Prince. Siempre tuvo una canción de Aerosmith a flor de labios para expresar sus emociones.

Tras doblegar a Klitschko cayó en lo más bajó y profundo. Drogas pesadas, alcohol y depresión. Llegó a decir: «Siento lo mismo por ver desde la carretera el paisaje más bello a mi alrededor que conducir con los ojos cerrados a 250 km/h. A veces pienso que sería mejor que alguien me pegue un tiro antes que lo haga yo mismo». A fines de 2017 volvió al gimnasio y enfrentó a todas sus dilaciones. Hasta hoy con éxito.

Arrogante, a veces simpático y extravagante, causó estupor en las últimas semanas indicando que llegó a masturbarse seis veces al día para no perder concentración y lo recomendó cómo método de entrenamiento.

El próximo paso es la unificación del título contra su compatriota Anthony Joshua, que reconquistó el cetro (AMB-FIB-OMB) ante el norteamericano Andy Ruíz, en diciembre pasado.

Sería la pelea soñada por todos. En el estadio de Wembley y con 100.000 fanáticos. Esperemos que sea algo mediato y que no caiga en el pozo de las esperas insoportables que frustraron los grandes desafíos.

El boxeo consagró a un gigante muy especial. Un ave rara de este ambiente que resucitó a tiempo, cuando muchos lo dieron por muerto arriba y abajo del ring. Ojalá disfrute y valore su renacimiento.

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