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Hablemos del aborto

5 octubre, 2018 Redaccion Contrapoder

En 1920 se legalizó el aborto en la Unión Soviética, ante la consigna de la Internacional Comunista, el “reconocimiento de la maternidad como función social”. De esa cuenta se dio un descenso impresionante en la tasa de natalidad del 45.5 por ciento en 1913, al 26.7 por ciento en 1950. Ya en 1963, en varias ciudades centrales, hasta el 80 por ciento de las mujeres embarazadas se sometían a abortos, como método anticonceptivo.

Sobre el tema, los autores Nicolás Márquez y Agustín Laje establecen que el aborto es la muerte del concebido, por causas naturales o por interferencia externa. Si se mata a un bebé nacido es asesinato, si se mata antes de nacer es un aborto. O sea, el tiempo marca diferencias. Al respecto,  el Art. 3 de la Constitución Política de nuestro país, en reconocimiento de la persona humana como sujeto y fin del orden social, demanda la máxima protección y garantía del Estado sobre la vida humana desde su concepción.

Ahora bien, los partidarios del aborto buscan relativizar la “concepción de la vida” no en función de lo que dicta la embriología y la biogenética, sino bajo una serie de especulaciones que escogen en el calendario e invitan a discutir a partir de qué semana y a qué hora empieza la vida. Es decir, dónde trazar la línea donde el bebé deja de ser desechable. A tal punto se llega, que se dicta “en el vientre el bebé es totalmente dependiente de la madre” y por esa “dependencia” se traslada a la potestad de la madre de decidir matar o no, tal como si un bebé recién nacido no mantuviera un altísimo grado de dependencia.

Quienes están a favor del aborto justifican que asesinar a un hijo antes de nacer surge por el “derecho a disponer de su cuerpo”. Pero olvidan que cosa muy distinta es disponer del cuerpo de un tercero, quien nada menos es su propio hijo, equiparando la palabra “disposición” por simplemente asesinato.

Siempre bajo notables eufemismos, se utiliza la frase “interrupción del embarazo”, como encubrimiento cortés de un asesinato. La palabra “interrumpir” en lenguaje cotidiano implica una pausa para luego continuar, pero los embarazos no se interrumpen, el aborto es de naturaleza definitiva e irreversible, pues produce la muerte.

Adicional a ello, el sentimentalismo abortista también apela a otros hechos, tales como motivos económicos, pues el estado de pobreza de la madre amerita optar por un “mal menor” y deshacerse del niño con fines ahorrativos. O bien, siempre dentro de esa practicidad, “aunque se prohíba los abortos igual se hacen, por ende hay que legalizarlos para evitar el riesgo de la salud de la madre”, última a quien pasan de victimaria a víctima.

Quizás el arma más poderosa utilizada por quienes están a favor del aborto es utilizar “generalizaciones”: suelen decir que todas las mujeres que quieren abortar es porque fueron “violadas”, sin tener que probar jamás la violación ni la entidad del violador. Entonces, ¿en vez de castigar al violador tenemos que castigar al menor? Ni siquiera el violador es sometido a la pena de muerte, pero el bebé sí.

Concluyen los autores citados anteriormente: “(…) la sana lógica en favor de la vida podrá no necesariamente ganar la batalla pero sí la disputa moral y racional, puesto que si es legal o ilegal, el aborto mata igual”.

Por Francisco Quezada

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