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Indecencia

17 julio, 2017 Federico Cruz

Asistimos al descubrimiento de una nueva trama corrupta que revela lo poco evolucionada y enferma que están nuestra sociedad y nuestro sistema político. Sabemos de siempre que nuestro Estado [coartado] nunca fue autónomo, que nació cooptado por los intereses de las familias más ricas del país y que su única función, ellos así lo conciben, es la de enriquecerlos más. Es decir, para ellos el Estado es un ente con el que se hacen negocios, la plataforma desde la que captar millones, digan lo que digan sus portavoces; su hegemonía, su ansia de poder y dinero, su racismo profundo y la educación que muchos de ellos recibieron, les impiden ver qué es o cuál es la razón de existir del Estado más allá de esa espuria noción.

Basta con rememorar que en Guatemala a lo largo de los años sesentas, setentas y ochentas, los banqueros, como si nada, transferían pingues sumas de dinero de las arcas del I.G.S.S. a sus bancos para mantenerlos encajados. Ejemplos como ese hay a manos llenas y a través de todo el espectro público. La trama y sus lacayos políticos, o los que dan la cara por ellos, desde siempre, han empleado métodos mafiosos porque no saben subsistir de otra manera. Su desidia, su falta de formación y su infinita inmadurez los impulsan a ello. Es mentira que les guste la competencia, el estado de derecho y el mercado libre, no saben lo que es competir en igualdad de condiciones, jamás lo han hecho.

La corrupción se fundió y normalizó en las entrañas de nuestra excluyente sociedad desde hace muchísimos años. La época colonial es un referente fecundo de estos hechos. Nuestras relaciones interpersonales se forjaron a partir de relaciones verticales, cundidas de falsedad, hipocresía y creencias dogmáticas que se juzgan “normales”, cuando la mayoría sabemos que son contrarias al interés general y que constituyen el caparazón del subdesarrollo. Por eso es que los políticos y los empresarios, al ser juzgados por hechos ligados a la corrupción, le achacan la culpa al sistema, argumentan con cara de circunstancia que ellos se han limitado hacer lo que todo el mundo hace. La lógica capitalista subyace ese discurso, es su justificación. Estos personajes no ven nada de malo en amañar contratos, apropiarse de dineros públicos, estafar con empresas de cartón a instituciones que son propiedad de todos, etcétera. Cualquier ilícito vale con tal de hacer dinero, total, el sistema lo promueve. La corrupción termina siendo una praxis común y casi imperativa para prosperar, “el que no transa, no avanza”.

Aunado a esta noción, las oligarquías tienen muy arraigada la idea de que el país es de su propiedad. Se consideran los llamados a gobernarlo, a tomar las grandes decisiones y a transformarlo y, por si fuera poco, como son ellos los responsables tampoco les resulta descabellado saquearlo si hay necesidad. Total, si es suyo el patrimonio de todos qué importa. Ese pensamiento les es útil para abstraerse de la realidad y para no tener remordimientos de conciencia a la hora de cometer ilícitos, actitud que en un país con las características de Guatemala: con altísimos niveles de desigualdad, pobreza, desnutrición infantil y analfabetismo, constituye una verdadera infamia.

Somos una sociedad atrasada que pervive y defiende privilegios y mentalidades anacrónicas. Vamos hacia el futuro con la mirada puesta en el pasado, normalizamos la indecencia para perpetuar una tradición que nos mantenga, con nimias esperanzas de cambio, postrados en el subdesarrollo.

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