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La corrupción no es teórica

20 abril, 2017 Estuardo Porras Zadik

La corrupción mata, enferma e impide la educación. La corrupción es concreta y la población es la víctima directa de esta actividad delictiva.

El jefe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), Iván Velásquez, logra desmitificar la palabra corrupción, haciéndonos ver que la misma no es un término simplemente teórico, sino un verbo que mantiene sumido en el subdesarrollo a Guatemala.

Este mal no es exclusivo de nuestra sociedad, de hecho, abate a todas la sociedades por igual. Sin embargo, en Guatemala debiese tolerarse menos que en los países más desarrollados, ya que dadas nuestras condiciones, sus efectos son devastadores. Este es un país en el que su gente aún muere por falta de alimentos, medicinas y lo que es más alarmante, por falta de oportunidades. Hasta que no entendamos a la corrupción como la raíz de todos nuestros males y la combatamos de manera frontal, los guatemaltecos seguiremos sumidos en el subdesarrollo.

Unos días atrás, tuve el grato placer de compartir con amigos del cuerpo diplomático, periodistas y analistas políticos debatiendo sobre el pasado, presente y futuro de Guatemala. Como sorpresa, y definitivamente como resultado de mi falta de conocimiento en el tema, me enteré de que Guatemala no figura entre los países prioritarios para la comunidad internacional, en términos de cooperación.

Aparentemente, el producto interno bruto (PIB), como índice de medición del desarrollo de un país, opaca la realidad que se vive aquí y hace que la mira de los amigos cooperantes se enfoque en otros más necesitados. Guatemala es un país con un indiscutible crecimiento económico, lejos del esperado, pero al menos en positivo y con altas expectativas. Cada día, más y más consorcios empresariales rebasan sus expectativas y hacen que el país ostente un desarrollo económico que lastimosamente no es sinónimo de desarrollo social o, para su efecto, de un desarrollo económico generalizado. En otras palabras, cada día el rico se hace más rico, pero de igual manera, el pobre se hace más pobre. Esta condición no es sostenible, y de no atenderla, la misma cobrará su factura. No podemos pretender salir del subdesarrollo, si solo una fracción de la población progresa.

Independientemente de a qué sector pertenecemos o con qué ideología nos identificamos, la Guatemala del presente se ha convertido en una con la que nadie se siente cómodo. Inclusive quienes han ejercido el poder y se han beneficiado del mismo, ven sus intereses en riesgo en un país caracterizado hoy por la incertidumbre. Aquí, el pobre nacerá y morirá pobre y el rico, para sobrevivir, requiere de un séquito de guardaespaldas o de la puesta en marcha de tanques de pensamiento que defiendan su modelo de desarrollo económico, en contra de toda lógica que pretenda debatirlo.

La única salida que nos queda a los guatemaltecos es la del combate frontal a la corrupción. Este cáncer es capaz de tirar metástasis a todos y cada uno de los sectores de nuestra sociedad, sin ser conscientes de que nuestra existencia está a merced de la corrupción y la impunidad. Es más, el hecho que su combate sea tan complicado radica en que hemos convertido estas prácticas en nuestro modus operandi. No hay quién se escape de corromper o dejarse corromper. En lo efímero de nuestro actuar diario, nos dejamos llevar por lo sencillo, lo expedito y lo que nos beneficia directamente, sin tomar en cuenta las consecuencias de nuestro proceder.

La costumbre se ha convertido en norma, independientemente de los efectos nefastos y destructivos que ha generado. Somos, en realidad, una sociedad corrupta y corruptible. Nos hemos vuelto inmunes. De nosotros depende si queremos dejar de matar, enfermar e impedir la educación a millones y si realmente

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