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La “crisis institucional” del Estado

9 febrero, 2017 Adrian Zapata

Avanza en Guatemala el proceso de “saneamiento del Estado”. Los tres organismos que lo conforman están jaqueados.

Vivimos una especie de crisis institucional, la que califico de esa manera porque, hasta ahora, no se ha resuelto por la vía de las rupturas, sino que por los caminos que la propia institucionalidad define. El Organismo Judicial sufre una sacudida que lo estremece, cuestionando a los actores que en los últimos tiempos lo cooptaron.

En el Poder Ejecutivo, el presidente Jimmy Morales enfrenta, con mucha sabiduría, el embate de la justicia en carne propia. Su primogénito y su hermano fueron encarcelados y tratados con exagerada actitud draconiana. Sin duda, el presidente se encuentra “jaqueado”. Y sobre el Congreso pende la espada de Damocles, no solo por los antejuicios ya tramitados, sino por las tempestades que pueden vislumbrarse, como el caso Odebrecht, por ejemplo.

Y atrás de este terremoto, sigue la voluntad imperial de lograr que la limpieza sea a profundidad. El cambio presidencial en el norte supondrá mayor énfasis en las medidas relacionadas con la represión para evitar la migración incontrolada, en correspondencia con su visión geopolítica de “seguridad nacional”, lo cual requiere de maquinarias estatales en estos países vecinos que resistan la arremetida de la corrupción, que provoca laxitud en la aplicación de la ley. Se fortalece, por lo tanto, el apoyo de “la embajada” a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y al Ministerio Público (MP), frustrando las esperanzas de determinados actores que ilusionados le apostaban a una política estadounidense distinta.

Nuestra subordinación a los intereses y estrategias del imperio no se podrá modificar, mientras no exista un proyecto de nación y una concertación que nos permita, unidos, negociar con dignidad, blandiendo intereses comunes, no reivindicaciones sectarias. Así que preparémonos para que esta crisis institucional se profundice.

Los tradicionales poderes paralelos de naturaleza mafiosa, intentarán siniestros reacomodos que les permitirían “capear la tempestad”, pensando ilusamente que esta pasará y ellos recuperarán los espacios perdidos. Los nacionalistas conservadores, en su desnudez retrógrada, la emprenderán contra la trinidad “Embajada/CICIG/MP”, en un delirio ideológico que los hace sufrir fantasmagóricas pesadillas, donde la izquierda toma el Estado y, acongojados, ya advierten sobre el inminente riesgo de que esas fuerzas malévolas logren lo que no alcanzaron por las armas durante la guerra.

Los sectores tradicionales de poder más “racionales” buscarán, oportunistamente, cómo adecuarse a las nuevas reglas del juego. Y los ilusionados progresistas se mantendrán prendidos de la mano del poder hegemónico, para seguir acompañando el compartido interés por sanear el Estado.

Pero más allá de este variopinto de posiciones e intereses de todos estos actores diversos, el proceso continuará, produciendo eso que algunos denominan “daños colaterales”, aquellos que, aunque no deseables, son necesarios para lograr el objetivo perseguido. Este proceso de saneamiento del Estado debe ser objeto de reflexión, para continuarlo, no para detenerlo.

La dinámica política que define el funcionamiento estatal es profundamente humana y, por consiguiente, no pensemos, por mucha rigurosidad que se aplique, que Guatemala va a ser la excepción celestial en el universo. Conscientes de esa realidad, hay que entender la gradualidad de los avances y no tensar el lazo hasta que reviente. Pero al mismo tiempo, entendamos que no hay parto sin dolor y que este debe asimilarse, si queremos continuar por ese virtuoso camino.

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