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La guatemalidad anticomunista

15 marzo, 2017 Mauricio Chaulon

Cada vez que se dan movilizaciones sociales campesinas, indígenas y/o populares, el temor de las élites se hace evidente. Despotrican por la radio, por la televisión, por la prensa escrita y a través de redes sociales. Emiten comunicados, programan entrevistas, publican campos pagados de páginas enteras. Activan sus call centers para que llamen a los programas radiales y digan que hay bloqueos y congestionamientos de tránsito, creando la paranoia social. Buscan ser entrevistados en noticieros locales y extranjeros para exponer sus ideas acerca de lo mal que resulta para Guatemala que se den manifestaciones de ese tipo. Interponen recursos ante los tribunales, la Corte de Constitucionalidad y otras instancias con el mismo discurso trillado del derecho a la libre locomoción.

Cacif, Cámara de Comercio, Cámara de Industria, Agesport, Agexpront y Cámara del Agro actúan de esas maneras. Defienden su patrimonio, logrado históricamente por el despojo y la explotación de quienes manifiestan. Son anticomunistas en la ideología, y anti común, anti comunitarios en todas las prácticas cotidianas de cualquier índole (económica, política, social y cultural). Su pensamiento y sus prácticas se convierten en hegemónicas. Muchos estratos de la sociedad, sobre todo en las grandes áreas urbanas y no indígenas, los siguen. Repiten sus palabras y reproducen sus miedos. Siguen pensando en el mito de una identidad que viene construida desde el siglo XVII por los criollos, y sin serlo se identifican con ella. Aspiran a ser como esa clase y nunca llegarán a serlo.

Cuando el otro y la otra que han sido para el sistema un objeto de explotación surgen en el espacio público como sujetos y sujetas, arremeten en su contra con toda la agresividad que las relaciones violentas de dominación les han enseñado. Les denigran, les intentan callar, les invisibilizan, les censuran, y en contextos álgidos les matan. Importa más que la vía esté libre para ir a trabajar –por cierto, se va a trabajar no al medio de producción propio, sino al espacio donde le explotan pero del que se cree la falacia de ser parte-; se piensa en privado, y lo peor de todo es que ni siquiera es para beneficios propios sino de quienes poseen el capital económico-político-social.

Una manifestación popular evidencia los pensamientos más oscuros de una clase dominante que vive temerosa, porque sabe que sus contradicciones están latentes y crecen. Activan sus dispositivos de violencia para que ese miedo se propague y otros explotados pero aspiracionales los reproduzcan. El mecanismo ideológico funciona a la perfección. Se inventan otra vez “el peligro comunista”, “el complot izquierdista”, “la tormenta roja que se comerá los valores de la santa religión y a los niños”. Y ni siquiera se toman el tiempo para detenerse a preguntar ¿por qué se manifiesta? Para dialogar, para discutir, para considerar.

La cultura hegemónica va privatizando a su paso, porque es anti común en esencia. Así, se activa el anticomunismo. Se cree con fervor teológico que la patria, la guatemalidad y su identidad siempre en el horizonte como espejismo (inalcanzable) se construyen desde la lógica de lo privado. Las grandes corporaciones del empresariado guatemalteco marcan el paso de lo que DEBE SER nacional. Si se plantea algo distinto no se es guatemalteco, porque, de plano, se es parte de una conspiración que viene de las tumbas de Chávez o de Fidel Castro. O de los indios incivilizados que sólo atrasan el tráfico de todos los días, el cual en vez de verse como explotación se consume como droga alucinógena para ser visto como tráfico de progreso. Ojalá pronto pase el efecto del narcótico y quienes hoy violentan desde sus discursos ya sea mintiendo o agrediendo, se den cuenta que la lucha es por la vida. Y el único peligro es para un sistema que ya no da para más, un sistema de muerte.

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