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La triple transición demográfica

4 agosto, 2017 Jorge Benavides

La población de Guatemala atraviesa tres fenómenos juntos: de más infantil a más joven; de más rural a más urbana; y de más indígena a más mestiza.

Antes de algún análisis, menciono las fuentes que llevaron a las conclusiones. Datos provenientes del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE); estimaciones y proyecciones de población de largo plazo; y datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) versiones 2006, 2011 y 2014.

Ahora sí. La primera transición es una segunda oportunidad, ya que por segunda vez en 70 años, enfrentamos la posibilidad de contar con una edad media que rebase la mayoría de edad, enfilándose hacia una población donde la cohorte productiva es proporcionalmente mayor que el grupo de personas que depende de la producción generada. A finales de los años 50, la población guatemalteca había llegado a la mayoría de edad (18 años de edad promedio en 1959). Sin embargo, el conflicto armado interno mermó la población adulta debido a los movimientos migratorios y a la gran cantidad de fallecimientos. Esto provocó que hubiera un regreso a una edad promedio cercana a los 16 años, situación que llevó más de tres décadas modificar. 

Fue hasta el año 2005 que volvimos a tener una población con mayoría de edad, con características mayormente orientadas a la producción y menos al consumo, significando el sostén del crecimiento económico del país entre el año 2010 y el año 2050. Hoy, la edad promedio en Guatemala alcanza 21.5 años, esperándose que en el año 2032 se alcance el promedio que hoy tiene Latinoamérica, alrededor de 28 años, cuando empieza a darse el pico productivo de cualquier población en el mundo.

La segunda transición es respuesta a la movilización interna de la población. Hasta el año 2007, la población en Guatemala era mayoritariamente rural, con un 49.68 por ciento de la población viviendo en zonas urbanas (definición según el INE: aglomeración de población superior a los 2 mil habitantes, donde más del 51 por ciento de los hogares cuenta con acceso a alumbrado público y agua por tubería). La realidad hoy es que el 57.51 por ciento de la población vive en zonas urbanas y se espera que para el año 2032, esta cifra llegue al 79.11 por ciento, el promedio que hoy tiene Latinoamérica.

Finalmente, la tercera transición rompe un paradigma bastante arraigado en el discurso social.  Hasta el año 2009, la mayoría de la población se autodenominaba indígena, perteneciente a una de las 24 comunidades lingüísticas no ladinas en el país. No obstante, esa situación se ha modificado de forma acelerada, pasando de un 44.93 por ciento de población indígena en 2011, a un 38.81 en 2014. Es más, al desagregar los datos por lugar de habitación, en las áreas urbanas la población indígena representa el 29.1 por ciento, pero en el área rural este grupo dejó de ser mayoría, representando el 48.4 por ciento de la población.

Guatemala ya no es la que nos enseñan los libros de texto y eso es favorable. En los años 50, la tasa de fecundidad era 7.2 hijos por mujer, hoy son 2.65. Entre el 2000 y el 2005 la población crecía 2.47 por ciento anual, entre 2015 y 2020 se espera que crezca a un 1.88 por ciento.

Los dos primeros fenómenos explican en gran medida el tercero. Una población migrante de jóvenes que busca oportunidades de estudio y trabajo en zonas urbanas, conlleva un proceso de mestizaje propio de los movimientos que fortalecen el tejido social. Estamos en la antesala del surgimiento de clases medias representativas e involucradas, con una mayor disposición a la integración y no al aislamiento, vinculados al mundo global a tan solo un click de distancia, lo cual se configura como el aparecimiento de la verdadera ciudadanía. El futuro es prometedor para quien pueda verlo así.

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