ACTUALIDAD

Las calles también son nuestras

3 abril, 2017 Redaccion Canal Antigua

El 16 de febrero de 2017 fue capturado William Valdez Figueroa y ligado a proceso al día siguiente por el delito de agresión sexual. Este fue el resultado de haberse masturbado y eyaculado sobre la pierna de una joven mujer en el sistema de transporte público Transmetro. Mucha polémica generó el caso en redes sociales. El hecho en sí mismo indigna, pero también indigna saber que cualquiera de nosotras puede ser agredida no sólo por alguien como este hombre, sino por tener el atrevimiento de denunciar la agresión.

Muchas personas creen que exageramos cuando ponemos sobre la mesa el tema del acoso sexual callejero, porque “es que no es para tanto”, “son sólo piropos”, “es un saludito” “te mereces que te admiren”, “es culpa tuya por estar bien buena”. Pero no, no estamos exagerando. Cada día antes de salir de nuestra casa, elegimos la ropa que nos vamos a poner pensando en la ruta que transitaremos, si iremos solas o en grupo, si el trayecto lo haremos de día o de noche, si viajaremos en transporte público, en taxi o a pie. Cada mañana hacemos una combinación impresionante de posibilidades previendo que nuestra ropa, nuestro maquillaje o nuestra actitud, no nos pongan en riesgo de ser violentadas verbal o físicamente.

Nos dicen que quizá estamos alucinando si un hombre nos mira e inmediatamente lo reconocemos como acoso, pero hay miradas que nos desnudan y nos hacen sentir vulnerables. El objetivo de ese hombre que nos mira lascivamente, que nos observa milimétricamente el trasero, las tetas o las piernas, es hacernos saber que él tiene el poder de “examinarnos” en nuestra calidad de objetos disponibles para su placer, nos guste o no, porque nuestra opinión sobre su comportamiento no importa y porque a la larga nuestro cuerpo tampoco nos pertenece. Si lo pensamos, nos damos cuenta que nuestros cuerpos están marcados y cercados por imaginarios y relaciones de poder patriarcales que los reducen a meros satisfactores de deseos y nos anulan a nosotras como personas.

Imagen: Observatorio contra el acoso callejero.
Imagen: Observatorio contra el acoso callejero.

Recuerdo la primera vez que alguien me tocó el trasero en la calle. Yo tenía quizá catorce años, el sentimiento de rabia que aún me embarga cuando lo recuerdo es atroz. Iba caminando por la calle, con un pantalón de tela negro que me quedaba ajustado, a mi lado pasó un automóvil que empezó a ir más despacio, yo pensé que iba a estacionarse más adelante, sin embargo uno de los tipos que iba en el asiento de atrás, empezó a gritarme cosas, entre esas la que recuerdo con más cólera es “qué buen trasero mamita”, acto seguido sacó su brazo por la ventanilla y me tocó las nalgas, yo aceleré el paso y el piloto avanzó, el tipo que me había tocado me dio una nalgada que además de dolerme hizo voltear a las personas que estaban en la calle, mientras los tres acompañantes que iban en el auto soltaban risotadas y le celebraban el pulso. Yo salí corriendo, afortunadamente estaba muy cerca de mi casa. Los tipos del automóvil siguieron gritándome “piropos” a plena luz del día y a pesar de que había varias personas en la calle que se dieron cuenta, nadie se inmutó, nadie les dijo “lo que están haciendo es acoso sexual” o por lo menos “no la molesten”. Los tipos me dejaron tranquila porque al tocar el timbre de mi casa salió mi hermano a abrir la puerta.

Hace unos días escuché la conversación de tres mujeres en la fila del supermercado, una de ellas contaba que cuando era joven siempre llevaba una sombrilla aunque no lloviera, luego de que una vez un tipo le tocó la entrepierna al bajar del autobús. Eso la marcó de tal manera que ante la amenaza de cualquier acoso usaba la sombrilla en su defensa. Las tres mujeres se rieron a carcajadas. En medio de las risas, pensé en las marcas psicológicas que nos quedan de estos eventos. Cuántas veces nos reímos para minimizar el hecho de que hemos sido violentadas y así también contribuimos a la naturalización de esta violencia.

Luego de las carcajadas, una de las mujeres dijo medio avergonzada “es horrible cuando te gritan cosas, y es peor cuando te tocan, sentís que te llevas la mano del hombre pegada entre las piernas, en las nalgas o en los pechos, es asqueroso”. Quienes hemos sufrido cualquier tipo de acoso sexual callejero sabemos que inmediatamente se instala en nosotras el miedo de caminar por la calle, de andar solas, de que nos vuelva a ocurrir algo igual o peor

La construcción de un imaginario social en el que las mujeres somos entendidas como simples objetos para satisfacer los deseos de los hombres, objetos que están siempre disponibles para ellos en cualquier lugar y momento, posibilita por un lado que los hombres puedan acosarnos y por otro que se nos culpabilice cuando somos acosadas, cuando alguien nos violenta verbal o físicamente o cuando, como en el caso de la joven mujer que viajaba en el Transmetro, un hombre nos eyacula en la pierna simplemente porque le dio la gana venirse encima nuestro. Desnaturalizar e insistir en que el acoso sexual callejero es violencia resulta vital para que se empiecen a modificar estas prácticas.

Vamos a seguir “exagerando”, a seguir hablando de acoso sexual callejero hasta que cada persona comprenda que es un círculo de violencia. Hasta que todas y todos podamos ver con claridad que si un hombre se atreve a mirar a una mujer lascivamente, seguramente se atreverá a tocarla, si se atreve a tocarla, no dudará en violarla o agredirla sexualmente; que en ninguno de estos casos las mujeres somos culpables, sino es culpa de un sistema machista y patriarcal que le da a los hombres el privilegio de arrogarse el derecho de opinar sobre nuestros cuerpos, de tocarlos, de violentarlos sin que para ellos existan consecuencias. Vamos a seguir denunciando, hablando, escribiendo, comentando hasta que podamos caminar libres de acoso sexual callejero.

Vamos a seguir diciendo que el acoso sexual callejero es un tipo de violencia machista que nos envía el mensaje de que los espacios públicos son sólo para los hombres y que cualquier cosa que nos pase por andar en la calle es culpa nuestra porque nuestro lugar es la casa. Pero al mismo tiempo vamos a seguir respaldando a las mujeres que se atreven a denunciar y vamos seguir exigiendo calles libres de acoso sexual callejero porque el acoso es violencia, porque las calles también son nuestras y porque tenernos el derecho de caminar libres y sin miedo.

Escrito por: Vanessa Sosa López -Voluntaria OCAC GT

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS