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Las reformas y la desinformación

7 febrero, 2017 Samuel Perez

El espacio inusual que se abrió en 2015, que permitió que la agenda pública guatemalteca -principalmente legislativa- se viera depurada y refrescada por nuevos grupos ciudadanos no tradicionales, se ha ido cerrando a gran velocidad y encuentra su expresión más evidente en las reformas constitucionales al sector justicia. Esto ha implicado una restauración de la árida agenda y el discurso conservador y vuelve a poner en duda la capacidad de respuesta de la democracia en términos de representatividad.

Este deterioro de la democracia como régimen político parece responder a una tendencia mundial, como lo menciona el Foro Económico Mundial –FEM- en su Informe Global de Riesgos 2017 donde, en su apartado sobre la crisis de la democracia occidental, le atribuye un papel preponderante a los medios y a la difusión de la información, indicando que “la polarización cultural de las sociedades democráticas se ha visto exacerbada por profundos cambios en la forma en que se producen, distribuyen y comparten noticias e información”, además añade que “con mayor frecuencia (…) el paisaje mediático se caracteriza por la fragmentación, el antagonismo y la desconfianza, con individuos que tienden a segregarse según sus valores y creencias”.

Guatemala evidentemente no está exenta de estos problemas que repercuten en el deterioro de la democracia, pero además estos se ven agravados por la poca existencia de medios alternativos y el limitado acceso e incidencia de mayorías alternativas desconectadas del mundo virtual. Ante esto el discurso conservador, al no encontrar resistencia, tiende a permear y difundirse casi sin ninguna oposición, creando un ideario colectivo homogéneo y una sociedad poco crítica que lo defiende y lo propaga.

Un ejemplo claro de esto ha sido el intento de reformas constitucionales al sector justicia. Los diputados, en su mayoría provenientes de partidos y dinámicas tradicionales, conocieron la iniciativa de reformas al sector justicia sobre todo por los rezagos de la participación ciudadana del 2015 que vieron su expresión política en Mario Taracena y su expresión ciudadana en uno de los últimos consensos visibles en la sociedad crítica. Sin presión de fuera y sin un operador que, por conveniencia o por convicción, lograse cabildear desde dentro, la inclusión de las reformas en la agenda legislativa no hubiese sucedido.

Ahora bien, ante una clara tendencia a la baja de la incidencia de los grupos sociales no tradicionales, la recomposición de las fuerzas políticas convencionales en el Congreso de la República y la difusión de propaganda de grupos conservadores por distintos canales, la polarización se reinstaura y el espacio abierto en 2015 está por cerrarse.

Las reformas constitucionales particularmente enfrentaron un debate público simplista y sobre todo racista que contribuyó a que, ante el desconocimiento de la población, las cajas de resonancia virtuales reforzaran los prejuicios y facilitaran la difusión de desinformación, poniendo en evidencia el reacomodo y la recuperación de la cancha perdida de los usuales grupos de presión.

Ahora bien, si el problema persiste la aceptación de la democracia está en juego, pero quizá también el sistema económico. El FEM sentencia que “si el surgimiento resultante de comunidades auto-reforzadas de personas con ideas similares socava la salud de la democracia, se levantan serias interrogantes relacionadas con la reforma del capitalismo de mercado”. Por otro lado a la oposición ciudadana le queda aún la alternativa de articularse.

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