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Los intereses de por medio

9 junio, 2017 Carroll Rios

¿Benefician al planeta los acuerdos internacionales de cambio climático? ¿Quiénes ganan tratando de controlar el clima?

Entre 1920 y 1933, contradictoriamente, algunos grupos religiosos fueron aliados de los contrabandistas al promover la prohibición nacional a la producción, distribución y consumo de bebidas alcohólicas en Estados Unidos. Los cristianos no querían enriquecer a los Al Capones de su tiempo, pero efectivamente eso hicieron. El economista Bruce Yandle nos enseña a identificar otras extrañas alianzas vinculadas a las leyes ambientales como el Acuerdo de París (COP21) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Durante casi tres décadas, las negociaciones climáticas mundiales se han apalancado en informes generados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Sus dos hipótesis operantes son que las emisiones de dióxido de carbono, producto de actividades humanas, provocan el calentamiento global, y que los gobiernos del mundo deben y pueden erguirse como rescatistas de la Tierra. De allí la indignación frente a la decisión del presidente Donald Trump de sacar a Estados Unidos del acuerdo, conocida el 1 de junio.

Luego del fracaso cosechado en el 2009 en Copenhague, y de cuatro años de pláticas auspiciadas por la ONU, 196 países se amarraron al Acuerdo de París en diciembre del 2015, incluidos China y Estados Unidos, los dos gigantes ausentes del protocolo de Kioto (1992). París ha sido ratificado por 148 países a la fecha. Barack Obama, antecesor de Trump, afirmó que tal acuerdo pretendía “salvar el planeta”. Bien escribió el columnista español Hermann Tertsch, que hubiera sido más cómodo para Trump seguir el jueguito al “Sagrado Consenso de esa Nueva Religión del Cambio Climático…”.

En este escenario, el rol de los “baptistas” es ocupado por los creyentes en las apocalípticas predicciones sobre el calentamiento global. Incluye a científicos, ambientalistas, activistas, actores y políticos: desde Emmanuel Macron hasta Leonardo Dicaprio y Arnold Schwarzenegger. En tanto, los “contrabandistas” beneficiados por el COP21 son los burócratas especializados en temas climáticos, los políticos “verdes”, las oenegés ambientalistas y la llamada industria del calentamiento global. Según Larry Bell, profesor de la Universidad de Houston, entre 2003 y 2010, el Gobierno de Estados Unidos erogó arriba de $106.7 mil millones en programas relacionados con el clima, y el gasto sube anualmente.

El noticiero Fox asegura que China, India y Rusia no han aportado ni un centavo al Fondo Verde para el Clima, mientras que Estados Unidos lleva invertidos $1 mil millones. Al final del 2015, la industria del calentamiento global (“Big Green”) se estimaba en $1.5 billones anuales, detalla el Climate Change Business Journal.

Esta surge como respuesta directa a los subsidios y proteccionismo creados por el intervencionismo estatal y abarca la producción de vehículos híbridos, la construcción ecológica y las lucrativas consultorías. Sumamos, además, el costo de mantener ejércitos burocráticos a nivel local, estatal, federal e internacional, los cuales ensamblan informes, leyes, regulaciones, congresos, publicidad, oportunidades mediáticas y un sinfín de otros eventos.

La contraparte ideológica tendrá también sus baptistas y contrabandistas, pero no son tan poderosos como los grupos descritos. En última instancia, preocupan los costos absorbidos por la ciudadanía mal informada. Debiéramos dirigir nuestra indignación hacia quienes, desde sus lujosas oficinas europeas, condenan a los países en vías de desarrollo al desempleo, la pobreza y el hambre, en aras de controlar el clima.

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