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El vasto patrimonio del Diablo

20 junio, 2018 Isabel Soto

Cualquiera pensaría que el diablo, además de ejercer su jurisdicción sobre el Infierno, posee un vasto patrimonio en la Tierra. Y es que el imaginario popular suele atribuirle numerosas propiedades a ambos lados del Atlántico al príncipe de los ángeles rebelados contra Dios y arrojados por este al abismo, según la tradición judeocristiana.

Quizás la más famosas de estas es la caribeña Isla del Diablo, en la Guayana Francesa, aunque no la única llamada así o comparada con el espíritu del mal. También cabría incluir en ese listado a la panameña Isla de Coiba, la colombiana Gorgona, la italiana Isla de Pianosa, entre otras.

Múltiples testimonios concuerdan en que la pequeña ínsula rocosa guyanesa se granjeó el seudónimo de Isla del Diablo después de ser convertida por Francia en un inmenso penal desde 1852 hasta 1946, período en el cual arribaron en distintas oleadas 56 mil prisioneros galos al lugar.

La insalubridad, las torturas, la malaria, los leprosos, las inclemencias del tiempo y los mosquitos solían acompañar a los transferidos a ese recinto tenebroso, considerado por muchos en la época un destino sin retorno.

De ello dieron fe algunos de los que pasaron por ahí, como el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío; Henri Charriere, autor de la novela autobiográfica Papillón y René Lucien Belbenoit, quien en 1922 llegó a la isla y logró escapar de esta una década después.

Belbenoit contó que por 11 meses fue recluido en una celda oscura, conocida como «la guillotina seca» y que hubo de ingeniárselas para no volverse loco durante esos  340 días. También aseguró que miles de hombres terminaron sus días en el bosque Charvain, devenido cementerio en el territorio, tras ser obligados a trabajar todos los días desde la salida del sol, desnudos y sin apenas un pedazo de trapo para protegerse del sol ecuatorial y de los insectos.

Pero algo similar contaron algunos de los prisioneros que pasaron por la Isla de Coiba, al oeste de Panamá, donde casi un siglo funcionó una colonia penal signada por el hacinamiento, las torturas y los maltratos. De ahí que se ganará el mismo calificativo de su vecina guyanesa.

Otra de las propiedades atribuidas al Diablo es la colombiana Isla de Gorgona, en el Pacífico, donde se construyó una cárcel a finales de la década de 1950, por orden del expresidente Alberto Lleras Camargo. Historiadores aseguran que el recinto pronto se convirtió en un infierno terrenal, debido a la convergencia en sus alrededores de cerros selváticos de hasta 300 metros de altura, serpientes venenosas y amplias franjas de aguas oscuras y profundas, habitadas por tiburones.

La leyenda negra sobre la rebautizada como Isla Maldita cobró fuerza por el sinfín de condenados que optaron por suicidarse antes que permanecer ahí y por los relatos de quienes sobrevivieron a los peores tormentos, sin esperanzas de escapar.

Mas la cárcel en la Gorgona -llamada así por Francisco de Pizarro, en alusión a la semidiosa de cabellera de serpientes, Medusa- apenas duró 25 años. Las continuas denuncias acerca de la progresiva destrucción del ecosistema en la zona motivaron al mandatario Virgilio Barco a clausurarla.

Del otro lado del Atlántico, bordeando la península itálica, la Isla de Pianosa ganó el título de sucursal del diablo desde mediados del siglo XIX, igual por la instalación en sus tierras de una penitenciaría que con los años pasó a ser de máxima seguridad y alojó a algunos de los capos más peligrosos de la Cosa Nostra, del calibre de Salvatore (Totó) Riina.

En la región más austral del mundo está Ushuaia, ciudad argentina, que para muchos es tierra del Diablo, aunque su nombre en lengua Yámana significa «bahía penetrando al poniente». Lo apartado y árido de la región llevó a que las autoridades construyeran una prisión militar en ella (1902) y que transfirieran hacia esta a los convictos más peligrosos. Entre ellos al primer asesino serial argentino Mateo Banks y al asesino de niños Cayetano Santo Godino (El Petiso Orejudo).

Ah!, pero el espíritu del mal, representado por el escritor alemán Goethe a través de Mefistófeles, despertó también la imaginación de numerosos literatos, cineastas, compositores y artistas en general. Tal es el caso del drama Los amantes de la isla del diablo, de Jesús Franco (1972); y de la comedia de aventuras de Juan Piquer (1994), La isla del diablo ; pero también de la melodía homónima del cantautor español Víctor Manuel.

https://www.youtube.com/watch?v=zkzzJrLfQSE

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