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Rolando Archila: »¿Qué pasó la noche del 26 de julio?»

22 julio, 2018 Rolando Archila Marroquin

A raíz del asesinato del coronel Francisco Javier Arana Castro, Jefe de las Fuerzas Armadas el 18 de julio de 1949 en el puente “La Gloria”, en jurisdicción del municipio de Amatitlán, el coronel Carlos Castillo Armas empezó una carrera política que, al final, lo condujo a la muerte.

En esa época Castillo Armas era el comandante de la 4ª Zona Militar situada en Mazatenango, Suchitepéquez, y era conocida su simpatía hacia la posible candidatura presidencial del coronel Arana Castro, cuya posición, se sabía, mejoraría con las elecciones de Consejo Superior de la Defensa que se daba por ganada y que se celebrarían, casualmente, ese 18 de julio, motivo por el cual se precipitó el asesinato de Arana.

Después de ese crimen, Castillo Armas fue dado de baja del Ejército, su casa cateada y lo involucraron en la revuelta que partidarios de Arana llevaron a cabo en la Guardia de Honor durante los tres días siguientes al asesinato del Jefe de las Fuerzas Armadas. Por esa razón, estuvo detenido en la Penitenciaría Central, acusado de rebelión y sedición, sin que al final pudieran probar los delitos, por lo que salió libre, meses después.

Molesto por las acusaciones y el tiempo que pasó detenido, empezó a reunirse clandestinamente con militares y civiles desafectos al régimen del doctor Juan José Arévalo y así logró fraguar un plan para apoderarse de la Base Militar La Aurora, que se localizaba donde ahora se encuentran las colonias Aurora I y II en la zona 13. El plan no fue mal concebido, pero las filtraciones de la información hicieron que todo fracasara y los cuarenta y dos participantes fuesen capturados sin disparar un tiro.

Ante la asonada, Jacobo Arbenz, quien era candidato a la Presidencia y por esa circunstancia se encontraba de baja, se presentó al Ministerio de la Defensa y empezó a dar órdenes en las que se incluyó el asesinato de los participantes en la asonada, con la complacencia del titular de la cartera, coronel Rafael O´Meany, quien no hizo nada para impedirlo.

Todos fueron fusilados sin haberles formado juicio, horas después del intento de tomar la Base Militar. Los tres primeros en enfrentarse a la muerte fueron dos civiles: Mario Arrivillaga Rubio, otro de apellido Mancio y el coronel Castillo Armas, quienes sobrevivieron al fusilamiento, tal vez por el nerviosismo de quienes dispararon a mansalva en contra de ellos y solo les causaron heridas y pérdida del conocimiento. Los demás fueron ejecutados y nadie más sobrevivió.

Fue en la morgue del Hospital Militar donde el doctor Federico Labbé se dio cuenta que entre los cadáveres había alguien vivo y este resultó ser Castillo Armas. Al dar parte a la superioridad del hecho, también lo hizo con el Cuerpo Diplomático. Eso evitó que se cumplieran las órdenes de Arbenz de llevarlo a la Base Militar y acabar con él.

También debe mencionarse que, al enterarse de lo ocurrido, el Jefe de las Fuerzas Armadas, mayor Carlos Paz Tejada, se opuso a que se consumara el crimen. De esa cuenta, fue llevado al Hospital de la Guardia Civil para curarlo y después, a la Penitenciaría. Tiempo más tarde, cavando un túnel se fugó en compañía de otros detenidos y pidió asilo político en la embajada de Colombia, país a donde marchó bajo la protección de esa bandera.

De Colombia pasó a Honduras, donde tuvo reuniones con exiliados políticos, la Central de Inteligencia Americana y empezó a desarrollarse lo que más tarde se conoció como la Liberación.

Rumbo al poder

Para esa época, las relaciones entre los Estados Unidos y Guatemala eran tensas, por las mismas circunstancias de la polarización y la Guerra Fría. Los norteamericanos iniciaron una campaña en la Organización de los Estados Americanos, OEA, con la finalidad de aislar a Guatemala. La Reforma Agraria y su aplicación indebida, la penetración de marxistas en los organismos del Estado que se mantenían en la clandestinidad, puesto que no era de todos conocida su participación como activistas y miembros del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), hizo crecer la oposición al régimen.

Con la complicidad de los gobiernos de Honduras, Nicaragua y la CIA, se empezó a gestar la incursión armada en contra de Guatemala. Aviones de combate P-47 penetraron los cielos a sabiendas que el gobierno de Arbenz no tenía la capacidad para combatirlos, pues no disponía de medios para hacerlo. Con toda impunidad ametrallaron las instalaciones militares y en una ocasión dejaron caer una bomba sobre Maestranza del Ejército (ahora Cuartel de Matamoros).

La incursión de 150 hombres armados por la frontera de Honduras en El Florido, con armas rusas viejas y mal pertrechados, sorprendió a la guarnición compuesta por 29 soldados y 1 oficial, a quienes capturaron y dimensionaron como una victoria militar. Tomaron la ciudad de Esquipulas sin un disparo y proclamaron al Señor de Esquipulas como Capitán General del Ejército de Liberación.

Los pocos combates fueron en Gualán e Ipala, en donde el Ejército se impuso a los liberacionistas. Las fuerzas de la liberación habían crecido en varios miles cuando se dio la toma de la ciudad de Chiquimula. Una compañía de tropa que resguardaba el lugar se rindió ante la superioridad numérica; los refuerzos ofrecidos de la zona de Zacapa jamás llegaron y después de un ligero combate, se dio la rendición.

El presidente Arbenz, quien no se puso a la cabeza de sus tropas para defender su gobierno, perdió el liderazgo y el Mando del Ejército no lo respaldó. Inmerso en el dilema moral de la infidelidad de su esposa y las presiones de los Estados Unidos por medio del embajador Peurifoy, pidió a José Manuel Fortuny que le escribiera el discurso de su renuncia, el que fue grabado y transmitido por cadena de radio el 26 de junio de 1954 a las 20:00 horas.

En su discurso, depositó el mando de la nación en el Jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Carlos Enrique Díaz, violando con ello la Constitución de 1945 que establecía que el sucesor del presidente debería ser el presidente del Congreso de la República.

Las presiones de los estadounidenses impidieron que el coronel Díaz se consolidara en el poder, por lo que renunció y formó una Junta Militar presidida por él, con la participación de los coroneles Élfego Monzón y José Ángel Sánchez. Las presiones del norte continuaron y se formó una nueva Junta Militar, esta vez presidida por los coroneles Élfego Monzón, José Luis Cruz Salazar y Mauricio Dubois.

Esta última junta fue la que por las mismas presiones se vio obligada a reunirse en San Salvador con los liberacionistas y firmar el Pacto de San Salvador, en donde a la junta militar que existía se agregaron el teniente coronel Carlos Castillo Armas y el mayor Enrique Trinidad Oliva.

Esta nueva junta militar presidida por Castillo Armas hizo su ingreso a la ciudad el 3 de julio de 1954 en medio de un apoteósico recibimiento que llevó a los miembros de la junta al balcón presidencial del Palacio Nacional, mientras en el Parque Central el pueblo reunido los vitoreaba.

Mientras esto sucedía, las embajadas se encontraban abarrotadas de partidarios del régimen depuesto. Arbenz y su familia se hallaban en la embajada de México esperando, al igual que todos los asilados, el beneplácito para abandonar el país.

Uno de los compromisos adquiridos por Castillo Armas era convocar a elecciones, según un “Pacto de Caballeros” suscrito con el general Miguel Ydígoras Fuentes, pero, lejos de cumplirlo, por medio de un plebiscito asumió la Presidencia de la República. Designó embajador en Washington a Cruz Salazar, cónsul en Nueva York a Dubois, embajador de Guatemala en Gran Bretaña a Ydígoras y a Monzón lo mandó a su casa.

El 1 de agosto de 1954, el Ejército de Liberación encabezó el desfile de celebración y el 2 de ese mes la Compañía de Caballeros Cadetes de la Escuela Politécnica se levantó en armas, no para derrocar a Castillo Armas, sino para atacar a los liberacionistas acantonados en el Hospital Roosevelt, por sentirse ofendidos.

Después de varios incidentes y la rendición, los cadetes los custodiaron con las manos en alto por las calles de la ciudad hasta la Estación Central de los ferrocarriles, en donde abordaron un tren que los condujo a Chiquimula para su desmovilización. Tiempo después, pese a haber dado su palabra de no tomar represalias, encarceló a los cadetes y a varios oficiales de la Base Militar que los habían ayudado.

El día fatal

Castillo Armas se sentía seguro en su posición de presidente, sin pensar que algunos allegados estaban descontentos. Así se llegó al 26 de julio de 1957. Aquel día transcurrió como otros muchos. Dentro de la agenda estaba la inauguración de una exposición promovida por el sector privado en el Pasaje del Palacio Nacional a las seis de la tarde. Ese día estaba invitada a una reunión del Club de Leones con fines benéficos la Primera Dama, Odilia Palomo de Castillo, reunión que se llevaría cabo en el Club Guatemala. Doña Odilia estuvo presente en la reunión.

Cuando terminó el acto en el Palacio Nacional, el coronel Castillo Armas invitó a miembros del sector privado y a algunos ministros presentes a Casa Presidencial. La reunión fue en el Salón de los Espejos. Poco a poco, los invitados se fueron retirando y, cuando regresó doña Odilia de su compromiso, solo quedaba el ministro de Economía, quien, al igual que el resto, se retiró al llegar ella.

El matrimonio presidencial se retiró a sus habitaciones privadas. A las 9 de la noche, aproximadamente, Basilio López, el ecónomo y encargado del servicio de Casa Presidencial, tocó a la puerta de la habitación y anunció que la cena estaba servida. La pareja salió y tomados del brazo caminaron hacia el comedor situado en el ala norte.

En la “puerta del centro” se encontraba un soldado de centinela, quien al paso de la pareja presentó armas. El presidente Castillo Armas contestó el saludo, y cuando había recorrido unos cuantos metros se escucharon dos disparos casi simultáneos. El primero, del soldado que después se supo que era Romeo Vásquez Sánchez con un fusil semiautomático alemán calibre 7,92 mm, cuyo proyectil interesó el cuerpo del presidente en la región infra escapular derecha y salió por el pecho, incrustándose en la pared del lado norte.

El segundo disparo, posiblemente de un arma corta, entró en la región intercostal izquierda, siguiendo una trayectoria de abajo arriba, interesándole el cayado de la aorta y saliendo por el pecho del lado izquierdo, donde rompió un peine y una pluma que Castillo llevaba en la bolsa de la camisa.

Castillo Armas cayó de bruces en el corredor, y a su lado doña Odilia empezó a dar de gritos. Romeo Vásquez Sánchez, después de los disparos,  salió corriendo y en el corredor del lado poniente se encontró con el coronel Magdaleno Ortega, quien estaba de turno como Segundo Jefe del Estado Mayor Presidencial, a quien le hizo un disparo que, sin herirlo, fue a dar a la pared del lado norte a varios metros de la entrada del comedor.

Vásquez Sánchez subió al segundo piso y llegó jadeante a la oficina del coronel Enrique Trinidad Oliva, quien se desempeñaba como Jefe de Seguridad Nacional y preguntó a su asistente por él. Al indicarle que no se encontraba en ese momento, salió corriendo y en el torreón más próximo, con el mismo fusil se suicidó de un tiro debajo de la quijada, que al salir le destrozó el cráneo. Todo lo anterior consta en el proceso que se abrió para averiguar las circunstancias del magnicidio.

La incógnita continúa

El misterio del asesinato de Castillo Armas, pese a los años transcurridos,  sigue igual. Durante el desarrollo del proceso, doña Odilia declaró que había observado que la luz que alumbraba la puerta del centro estaba apagada. Eso permitió que el segundo tirador se protegiera.

También se estableció que Romeo Vásquez Sánchez había sobornado al cabo rondín para cambiar de puesto de centinela, ya que no le tocaba estar en la puerta del centro. El mismo hecho de preguntar por Trinidad Oliva involucraba a dicho coronel, quien más tarde fue juzgado y no le pudieron probar nada.

La Casa Presidencial es una dependencia militar y siendo así, un fiscal castrense debió levantar el cadáver y ordenar la autopsia en la morgue del Hospital Militar. Esto no se hizo y la autopsia se efectuó en una bañera de la misma Casa Presidencial. ¿Por qué?

La escena del crimen fue manipulada sin que existiera alguna explicación. Las balas que mataron al presidente no fueron recuperadas, y si lo fueron no constan en el proceso.

Las conjeturas acerca de la participación de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano, por medio de Johnny Abbes García, no es más que eso, al igual que la suposición del motivo del asesinato en el sentido que Trujillo lo mandó matar porque no le concedió la Orden del Quetzal.

Tuve en mis manos el famoso diario de Vásquez Sánchez y en ningún momento contiene algo que pueda atribuirse a la ideología comunista. Todo fue fabricado para encontrar una excusa ante el crimen y así evadir la realidad y ocultar las pistas que conducían hacia los verdaderos hechores.

Vásquez Sánchez era aficionado a oír radio en onda corta. Escuchando Radio Moscú en español, envió un reporte de audiencia y a cambio recibió una postal por correo y una calcomanía de dicha radio. Por tal motivo, se mencionó que había una conspiración comunista, lo que no es cierto. La conspiración fue de su misma gente en la que es evidente que su propio jefe de seguridad, Enrique Trinidad Oliva, tuvo participación, aunque no pudo probarse.

El asesinato de Castillo Armas, al igual que otros magnicidios, sigue quedando en la obscuridad y todavía no ha sido posible descifrar la causa que condujo a  lo ocurrido la noche del 26 de julio.

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