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Quo vadis Guatemala

19 mayo, 2017 Maria del Carmen Acena

“No solo es cuestión de botar gobiernos, sino de saber construir nuevas instituciones, renovar sistemas y lograr cambios sustanciales de conducta y cultura”.

Dos años después de la “plaza” y aún no logramos ponernos de acuerdo de hacia dónde vamos. Estamos llegando a un punto donde nos confrontamos, sin sentido. Es claro que todos deseamos una Guatemala mejor, pero hemos perdido la capacidad de llegar a consensos, establecer una visión de largo plazo y contar con un plan de acción para iniciar la transformación del país.

Comprendemos que la nueva política que aclamábamos se basaba en valores como justicia, mérito, transparencia, competencia y bien común. Por lo tanto, debemos seguir construyendo al respecto.

No todo ha sido negativo. Se lograron varias reformas; sin embargo, por hacerlas rápido se tiene que aprobar segunda y tercera generación de las mismas. Se reformó la Ley de Contrataciones, la Ley Electoral y de Partidos Políticos y la del Organismo Legislativo. También se aprobó la Ley de la Carrera Judicial. Además, hay una propuesta de reforma constitucional del sector justicia, pero con debilidades.

La primavera se presentaba muy  positiva, pero es obvio que no es cuestión de botar gobiernos, sino de saber construir nuevas instituciones, renovar sistemas y lograr cambios sustanciales de conducta y cultura.

Hace dos años, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) convocó a una serie de actores de la sociedad, para diseñar unos posibles escenarios a futuro. Esto fue antes del destape de la corrupción, por lo cual era inimaginable que se pudiera diseñar algo distinto a más de lo mismo. Luego de todo lo sucedido, se rediseñaron los esquemas y se presentaron “Los Escenarios de una Gobernabilidad para el cambio 2015-2020”.

Estos son cuatro: la reforma concertada, la reforma elitista, el statu quo inestable y la demanda por el cambio. El primer escenario, reforma concertada, tiene como elementos principales, pactos entre élites políticas, empresariales y sociales, así como coaliciones con otros sectores alrededor de la reforma del Estado.

Se logran mejoras en el área fiscal, que incluye políticas sociales y reformas económicas. Asimismo, presenta un fortalecimiento de transparencia, probidad y rendición de cuentas como el fortalecimiento de la administración de justicia y el abordaje de la conflictividad.

La inestabilidad de statu quo era el segundo posible escenario. Este se caracteriza por la normalización de la crisis y la estabilidad. Se mantiene por temor a la incertidumbre sobre orientación del cambio. Lejos de tener una agenda interna, se actúa con la externa. Se hacen las reformas, pero son insuficientes y fallidas. Del mismo modo, se percibe que existen élites tradicionales que están a la defensiva y que hay ausencia de liderazgos articuladores.

El tercero es la reforma elitista. Esta incluiría el saneamiento por depuración de emergentes y enjuiciados, modernización institucional a través de medidas tecnocráticas como mejora y tecnificación de procedimientos. También incluye que se reorienten los programas sociales hacia los más necesitados. Existe actualización y crecimiento económico, recomposición de partidos con personajes nuevos y conflictos focalizados. Sin embargo, perduran problemas como el fiscal y el ambiente.

El cuarto escenario se denomina la gobernabilidad precaria. Este señala que los partidos y operadores políticos se resisten a las transformaciones. Las élites tradicionales no logran consensos para incidir en el cambio y hay poca comunicación entre sectores. Se aclama una fuerte depuración de los funcionarios por falta de identidad, aumenta la conflictividad, las estructuras criminales permanecen intactas y existe ingobernabilidad y postergación de decisiones, lo que afecta a la economía.

¿En qué escenario estamos? Pues lamentablemente, no en los positivos. Vivimos entre una gobernabilidad precaria e inestabilidad del status quo. Tal vez lo que queda claro es que sin un acuerdo, no saldremos adelante. Es momento de hacer un alto y velar por un cambio de país, ya sea porque las élites logran un acuerdo o, mejor aún, que las élites con el apoyo de la sociedad, inicien los cambios. Lo que no podemos permitir es que sigamos con un país a la deriva, sin agenda propia y sin saber hacia dónde vamos.  “El que no sabe a dónde va, no llega a ninguna parte”.

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