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Recuerdos de combatientes, en el centenario de la Primera Guerra Mundial

2 noviembre, 2018 Redaccion Canal Antigua

Una estela, un estuche de cuero o una carta de amor son algunos de los recuerdos más preciados o simbólicos de descendientes de combatientes o de testigos de la Primera Guerra Mundial, que dio inicio el 28 de julio de 1914 y finalizó el 11 de noviembre de 1918, con los que la AFP se reunió con motivo del centenario del conflicto.

Abdoulaye Ndiaye, el último de los tiradores senegaleses

Abdoulaye Ndiaye nació en 1894 en el pueblo de Thiowor, 180 km al norte de Dakar, según su tarjeta de combatiente conservada en el Museo del Ejército de la capital senegalesa.

El 11 de noviembre de 1998, este humilde campesino, último sobreviviente de los tiradores senegaleses de la Gran Guerra, iba a ser condecorado por Francia con la Legión de Honor, pero murió la víspera, a los 104 años.

Abdoulaye Ndiyae, enrolado con otros 600 mil soldados de las colonias francesas, resultó herido en la cabeza en Somme, en el norte de Francia, en 1916, tras haber participado en la batalla de los Dardanelos, en Turquía.

En 1992 narró que había sido alistado cuando transportaba mercancía a lomos de camello hacia un pueblo vecino en el que, durante los combates, permaneció “invicto”.

“Es el autor de muchas proezas de armas”, afirma un octogenario del pueblo, Babacar Sène, veterano de la guerra de Indochina. “Es el hijo más famoso de Thiowor. A menudo, lo afeitaba. La parte de la cabeza en la que fue herido estaba blanda”, cuenta Sène. “Decía que le dolía al tacto”, recuerda su sobrino-nieto, Cheikh Diop.

Se ha levantado una estela en su honor en este pequeño pueblo árido de unos 3 mil habitantes, donde los niños todavía cantan en su honor y en el cual continúa en pie la casa en la que vivió a su vuelta del frente, cuando retornó al campo.

No supo sino hasta 30 años después que tenía derecho a una pensión, unos 30 mil francos CFA mensuales (unos 45 euros), que no “le permitían vivir”, pero que compartía gustoso.

“Toda su vida se resumía a esta cabaña y este árbol”, situado en un patio trasero, afirma Diop, enseñando una foto del anciano, apoyado en un tronco y rodeado de niños. En su ruinosa vivienda se acumulan las teteras oxidadas y las ollas. “Muchos documentos y fotos fueron destruidos en incendios”, lamenta su nieto, Babacar Ndiaye.

El museo que estaba previsto montar en su antigua casa se quedó en fase de proyecto y la ruta construida en 2002 por Francia, la “carretera de los tiradores”, está llena de baches. Pero el estadio que se está construyendo junto al pueblo llevará el nombre de Abdoulaye Ndiaye.

Cartas, telegramas y fotografías, mostradas a Catalina, duquesa de Cambridge, durante su visita al Museo Imperial de la Guerra en Londres el 31 de octubre recién pasado. Los tres hermanos de su bisabuela murieron en la Primera Guerra Mundial.

Alvin C. York, el héroe de la Gran Guerra que fundó una escuela

Es un simple estuche de cuero marrón, que lleva la inscripción “Sgt Alvin C. York” en letras doradas. Perteneció a un héroe estadounidense de la I Guerra Mundial, que hasta el segundo conflicto bélico fue conocido como la Gran Guerra, quien a su regreso del frente fundó una escuela rural para chicos pobres.

En 1917, York, un campesino analfabeto de Tennessee de 30 años, fue llamado para combatir en Francia. “Él siempre había vivido en una zona rural, no sabía nada del mundo exterior. Cuando llegó la guerra, no sabía por qué se peleaban”, revela a la AFP su nieto Gerald York, un coronel retirado del ejército, en su casa en Mount Vernon, cerca de Washington.

En octubre de 1918 ya se había convertido en el héroe de la batalla de Meuse-Argonne, cerca de Verdún, la última ofensiva aliada que venció al ejército alemán. Con su grupo, bajo fuego enemigo, este francotirador mató a 25 soldados alemanes e hizo prisioneros a más de 100.

Fue ascendido a sargento y recibió numerosas condecoraciones militares, incluida la Medalla de Honor, la más alta distinción estadounidense, así como la Croix de Guerre y la Legión de Honor francesas. En total, atesoraba unas 50 distinciones.

Tras el armisticio, se quedó en Francia unos meses antes de ser recibido como un héroe en Nueva York.

“Por lo que vio en Francia y en Nueva York, y porque había sentido que su falta de educación era un verdadero obstáculo, decidió crear una escuela e infraestructuras de calidad en su comunidad. Quería que todos los chicos en Tennessee tuvieran una oportunidad”, cuenta Gerald York.

El sargento York creó una fundación y, siempre acompañado de su estuche marrón, recorrió el país aprovechando su estatus de héroe de guerra para buscar financiamiento para su proyecto escolar, que comenzó en 1926 con una escuela secundaria rural en Jamestown.

Durante una década, y a pesar de la Gran Depresión, pagó a los maestros, los autobuses escolares y las obras para pavimentar los caminos alrededor del centro de estudios.

Este ferviente cristiano, miembro de una pequeña congregación pacifista, afirmó poco antes de su muerte en 1964: “Quiero que se me recuerde por mi contribución a la educación”, rememora su nieto.

El Instituto Alvin C. York, ahora una secundaria pública, aún sigue en pie.

Una fotografía tomada el 18 de octubre de 2018 muestra la tumba de John Kipling, hijo del escritor británico Rudyard Kipling, en el cementerio militar de Sainte Mary en Haisnes, cerca de la ciudad de Lille, en el norte de Francia. El poeta y escritor británico Rudyard Kipling, un ardiente defensor de la entrada de su país en la Primera Guerra Mundial, hizo todo lo posible para asegurarse de que su único hijo se uniera a la lucha. Sin embargo, solo unas pocas semanas después de que John Kipling tocó suelo francés, el día de su cumpleaños número 18, fue reportado como desaparecido durante la devastadora Batalla de Loos el 27 de septiembre de 1915.

Yvonne y Maurice, una apasionada pareja de la Primera Guerra Mundial

Durante un año, Maurice e Yvonne Retour se escribieron cada día, contándose sus quehaceres diarios, los horrores de la guerra y enviándose palabras de amor de una inusual intensidad. Casi un siglo después, sus nietos descubrieron, emocionados, esas misivas colmadas de ternura.

“Mi adorado Maurice, ¿volveré a verte?”. Con estas palabras empezaba Yvonne Retour la correspondencia que terminaría brutalmente con la muerte de Maurice, el 27 de septiembre de 1915, cuando ella estaba embarazada de su hija.

“Nunca sabré decirte cuán orgulloso estoy de ti y lo feliz que me haces, eres realmente la mujer con la que soñaba”, escribió Maurice, que alternaba los sentimientos amorosos con descripciones sórdidas, en las que le contaba a su mujer que él “lloraba solo por la noche”.

“Te beso con la ternura de la más enamorada de las mujeres”, le aseguraba Yvonne, quien tenía 23 años cuando empezó la guerra. Nunca volvió a casarse después de su “amado bromista”.

Crió sola a su hijo Michel y a su hija Emmanuelle, llamada Mawell, concebida cuando Maurice fue repatriado durante el verano de 1915 para curarse de una herida en la mano. Poco después, falleció.

Patrice Retour, uno de los 12 nietos de la pareja, explica sobre su abuela, fallecida en 1971, que “una de las cosas que lamentamos es no haberla hecho hablar, pero no imaginábamos el fuego increíble que había en esas cartas”.

No fue sino hasta finales de la década de 1990, tras el fallecimiento de Mawell, que este jubilado residente en Nantes (oeste de Francia) encontró la caja que atesoraba la preciada correspondencia. Hasta entonces, Yvonne había enseñado cartas del soldado Maurice, pero se había cuidado mucho de mantener secretas las apasionadas misivas.

“Hizo falta que pasara una generación”, concluye Patrice Retour, quien, ya abuelo, relee con pasión unas epístolas que “descubren la guerra mucho mejor que un reportaje o un curso de historia, porque estás a la vez en el frente y en la retaguardia”.

Bruno Fremont (D), médico de emergencia y científico forense, y Emmanuel Robas (I), estudian los restos de un soldado que murió durante la Primera Guerra Mundial en la cámara de muerte del Hospital de Verdún, en el este de Francia. Fremont estudia los huesos para dar un nombre y una nacionalidad a los soldados que murieron. Todavía faltan identificar 80 mil cadáveres, dispersos en un área de 10 mil hectáreas de un bosque nacional. 

Los lienzos de un archiduque pintor y oficial

Ulrich Habsburgo-Lorena, descendiente de los soberanos del imperio Austro-Húngaro, conserva con celo las reproducciones de los cuadros pintados por su abuelo, un oficial del ejército imperial.

Su abuelo paterno, el archiduque Enrique Fernando, fue enviado en 1914 al frente ruso y más tarde, a Italia. Pintor consumado, dejó varios lienzos en los que se reproducían escenas de la época en las proximidades de Lutsk, en la actual Ucrania.

“Pintó lavanderas, un barco militar en un río, un cementerio judío, pero ninguna escena de batalla”, atestigua Habsburgo-Lorena, de 77 años, quien conoció al anciano, fallecido a mediados de 1960.

Es probable que este aristócrata artista, apasionado de la fotografía, pintara sus obras a partir de las numerosas instantáneas que tomó en el frente y en la retaguardia.

Tras la guerra, la República Austriaca, proclamada en 1918, echó del trono a los Habsburgo e incautó la mayor parte de sus propiedades. Enrique Fernando perdió oficialmente su título de archiduque y se retiró a su residencia de Salzburgo.

Su nieto, Ulrich, nacido en 1941, descubrió rápidamente la importancia de su apellido: “En la escuela primaria, decían que mi familia era responsable de la Primera Guerra”, recuerda. Y a él, que no le entusiasmaba particularmente la historia, los profesores le daban la reprimenda: “Así que usted debería saberlo todo”.

Sobrino en tercer grado de Otón de Habsburgo, hijo de Carlos I, último emperador de Austria-Hungría, Ulrich Habsburgo defiende desde hace varios años el restablecimiento de los títulos nobiliarios abolidos hace una centuria.

Comprometido con la República, este exconsejero municipal ecologista también reivindica sus orígenes. “No tengo derecho a llamarme Ulrich ‘de’ Habsburgo, ni ‘duque’ ni mucho menos ‘alteza imperial’. Es injusto, es una parte de la historia, no podemos borrarla de un plumazo”, reinvindica.

Una casa para cinco países

Istvan Petnehazy nunca abandonó la localidad de Koson, en la que nació, pero su casa ha cambiado cinco veces de país desde la Primera Guerra Mundial, una ilustración de las transformaciones territoriales y políticas generadas por el conflicto.

Este afable anciano de 86 años se expresa en húngaro, la lengua hablada por sus familiares desde hace generaciones. Pero su localidad de Koson se sitúa en la actualidad en Ucrania, colindando con la frontera con Hungría.

Cuando su padre nació, la comuna era parte del vasto imperio austro-húngaro, que se expandía desde la Europa central hasta los Balcanes. Pero para cuando nació Istvan, en 1932, el pueblo había pasado a formar parte de Checoslovaquia, un nuevo Estado nacido de la división del imperio de los Habsburgo tras 1918.

Los húngaros ocuparon brevemente la región de Koson, de mayoría lingüística húngara, entre 1938 y 1944. La Unión Soviética recuperó la zona después de 1945 y tras la caída de la Unión Soviética, en 1991, quedó como parte de Ucrania.

En medio de este torbellino histórico, Istvan Petnehazy conserva fotos amarillentas en las que se ven a los hermanos de su abuela, aún adolescentes, y enviados al frente con el uniforme austro-húngaro.

Uno de ellos murió los últimos días de la Gran Guerra, otro fue apresado en Italia. En otra de las fotos se ve al propio Istvan con uniforme de recluta del ejército soviético, en la década de 1950.

“La vida continuó, mal que bien”, a medida que cambiaban las banderas, explica Petnehazy, quien se dedica a vendimiar sus uvas. “La gente siguió yendo y viniendo en los viñedos que atraviesan la frontera”, relata.

Una lata de bronce que una vez contenía cigarrillos y un lápiz es la única reliquia que Henwood tiene de su bisabuelo Enoch Davis, un soldado británico que luchó en la Primera Guerra Mundial. La pequeña lata bien conservada lleva una dedicación y un mensaje de la princesa María, hija del entonces rey Jorge V: “Los mejores deseos para un año nuevo victorioso”.

El periplo de un voluntario de la Legión de Oriente

Unas fotos en tono sepia y una carta guardada en una pequeña caja sirven a Elizabeth Sonia Touloumdjian para mantener vivo el recuerdo del viaje de su padre por varios continentes, en uno de los episodios menos conocidos de la Primera Guerra Mundial.

Elizabeth muestra las instantáneas de un hombre joven de cabellera castaña vestido con un uniforme militar, y recuerda cómo contaba su padre, Sarkis Najarian, “orgulloso”, su paso por la Legión de Oriente.

Esta unidad, creada por Francia en 1916 en el seno de la Legión Extranjera, estaba formada en gran parte por voluntarios armenios. Los franceses dijeron a los voluntarios que serían enviados a una zona de combate, hoy situada en Turquía, y que los armenios esperaban incluir en su futuro Estado.

Sarkis se unió a dicha unidad, que llegó a tener 5 mil voluntarios, con la esperanza de rencontrarse con su familia. Antes del estallido de la Gran Guerra, había emigrado a Boston, en Estados Unidos, perdiendo el contacto con su padre y hermanos.

“Decidió ir con la esperanza de encontrar a su hermana”, explica Elizabeth, de 91 años, en su casa de Nicosia.

Las fotos muestran a Sarkis posando con sus compañeros de armas en los entrenamientos en Chipre y Egipto.

Tras el armisticio, Sarkis fue enviado con su unidad, que en 1919 se rebautizó Legión Armenia, al sur de Turquía, una zona entonces ocupada por Francia, de la que se retiró debido a la creciente resistencia de los nacionalistas turcos.

Sarkis comenzó una nueva vida en Beirut, donde fundó una familia. Terminó encontrando a una hermana que había huido a la actual Siria, y más tarde a un hermano.

En sus últimos años de vida e instalado de nuevo en Chipre, redactó una carta de cuatro páginas relatando su experiencia con la Legión de Oriente.

Desde la muerte de su padre en 1985, a los 89 años, Elizabeth conserva esta misiva en su casa de Nicosia.

Al unirse a la Legión de Oriente “no perdió su juventud. Luchó desde los 16 años por su vida y su familia”, puntualiza Elizabeth.

Gerald York posa en su casa en Alexandria, Virginia, con una nota del coronel francés Eric Taillandier en la cual le da las gracias por los logros y contribuciones del sargento Alvin York, su abuelo, durante la Primera Guerra Mundial. York fue uno de los combatientes más condecorados de EE.UU., por su actuación en el conflicto. 

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