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¿Reina el hombre?

11 agosto, 2017 Carroll Rios

¿Qué le pasa al hombre cuando se libra de Dios y se yergue como ser supremo?

La modernidad descartó a Dios y lo reemplazó con becerros de oro de todo tipo. Depositamos nuestra fe en la ciencia, la tecnología, la democracia, el medioambiente, el mito de la sobrepoblación, la corrección política y, ante todo, en “el hombre”. Pocos libros iluminan la ascendencia y caída de este fenómeno como El reino del hombre, por el historiador francés Remi Brague.

Una vez nos deshacemos de Dios y los ángeles, el hombre está “obligado a ocupar el primer puesto en la escala de las criaturas,” escribe Brague. Pero el proyecto moderno está plagado de contradicciones. Irónicamente, lo que arrancó como una exaltación de la naturaleza humana, deriva en la noción de que somos capaces de moldear a las personas como si fueran hechas de arcilla. La técnica puede “superar” aquellas características que disgustan o son aparentemente limitantes. Lo ponen de manifiesto la popularidad de películas y novelas sobre mutantes, zombis, simios inteligentes y seres humanoides interplanetarios que parecen mitad reptiles o insectos.

La ciencia ficción futurista ya no suena tan fantasiosa; homo sapiens quedó atrás. Recientemente, los medios de comunicación reportaron que un joven de Los Ángeles, California, llamado Vinny Ohh se ha sometido a 110 operaciones de cirugía plástica, gastando arriba de US$55 mil, para convertirse en un alienígeno asexuado. El tono de la mayoría de fuentes es de morbosidad curiosa y de aceptación. Se proclama la transición de la humanidad a la “transhumanidad” y después, a la “posthumanidad”. New Scientist describe al posthumano como un excepcional tipo bajado del Olimpo: la manipulación genética, el uso de células madre y otras intervenciones son capaces de extender la salud y aumentar el poder cognitivo de las personas, hasta superar las barreras de lo que hoy consideramos normal.

Brague sentencia: “La modernidad ha repudiado los dos orígenes, natural y divino”. Los experimentos para modificar o mejorar la raza coexisten con la mentalidad que somos meros animales. Dennis Avner, marinero veterano de Estados Unidos, hizo noticia por querer morfar en tigre. Se sometió a 14 operaciones antes de, aparentemente, cometer suicidio en el 2012. Presuntamente, Avner consideraba al tigre una especie más noble que la humana. A partir de ese punto, es fácil caer en la convicción de que somos lo peor sobre la faz de la Tierra.

El Movimiento para la Extinción Voluntaria de los Humanos es un caso extremo: los afiliados se comprometen a no reproducirse para gradualmente despoblar el planeta. Otra consecuencia lógica de esta forma de pensar es la aceptación del suicidio, la eutanasia, el aborto y la eugenesia. Si somos amos absolutos de nosotros mismos, nada nos impide matar. De hecho, algunos literatos consideran el suicidio como la máxima expresión de humanismo secular. Todo se vale. Las consideraciones éticas son sinsentidos.

Bien hizo san Juan Pablo II en calificar dicha mentalidad como la cultura de la muerte. Como los primeros humanistas, el cristianismo coloca al hombre a la cabeza de las demás especies por su capacidad de raciocinio. Dios nos hizo a su imagen y semejanza y nos dotó de libertad responsable. La reverencia cristiana respecto de la naturaleza humana impone ciertos límites, pues considera que lo que somos y tenemos es recibido de un Creador superior.

Cada uno está llamado a perfeccionarse, a trabajar libremente en su alma y cuerpo, para imitar a Jesucristo y ser una persona agradable al Padre.

El cristianismo tampoco se opone al descubrimiento científico ni a los admirables avances para curar enfermedades y prolongar la vida.  Sí pone reparos ante aquellos proyectos que repudian la vida.

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