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Religión política

4 mayo, 2017 Carroll Rios

Con amigos, discutimos un fenómeno inquietante: hemos convertido la política en religión.

Al tiempo que las sociedades modernas, ilustradas y secularizadas daban la espalda a Dios, depositaban su fe en los Gobiernos. Y no me refiero únicamente a la deificación de Hugo Chávez o Che Guevara en América Latina, ni de Kim Jong-Un, líder supremo de Corea del Norte. Ni tampoco al culto que anteriormente se rindió a Lenin, Stalin o Hitler. Me refiero a la divinización del Gobierno mismo. A lo largo de la Humanidad, varios filósofos políticos han idealizado los alcances de la administración pública, llegando incluso a suponerla capaz de moldear un “nuevo hombre”.

Woodrow Wilson sugirió que los tecnócratas, profesionales eficientes, debían manejar poderes casi absolutos. Abordamos la aprobación de leyes como si fueran varitas mágicas poderosas que automáticamente surtirán el efecto deseado. Y desde el auge de la economía del bienestar, muchos sostienen que el gobierno puede y debe intervenir cada vez que falla el mercado, lo cual, a su entender, ocurre seguido.

Varios autores advirtieron los peligros de divinizar el quehacer político. Por ejemplo, Lord Acton sostiene que “cuando, por lo que parecía obra de una ley irresistible y constante, la realeza triunfó sobre todos sus enemigos y competidores, se convirtió en una religión”. Hoy, como en la Antigua Grecia, hablaríamos de la deidad-democracia en vez de la deidad-monarquía, pero el resultado es el mismo: unos tiranizan a otros. Lord Acton recuerda que Jesucristo dijo: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Con ello, dotó al poder civil de “sacralidad”, pero también le trazó límites nunca antes vistos. El pueblo israelí, narra Acton, modeló una monarquía consentida por las tribus hebreas, organizadas en una federación voluntaria. Se hacían gobernar por leyes divinas, que eran superiores al gobernante, y de estas normas devino el concepto de constitución. Esta experiencia histórica, sumada a ideas desarrolladas por Santo Tomás de Aquino, John Locke, Thomas Hobbes y otros tantos pensadores, nos introducen a la noción del gobierno limitado. Al gobernante compete únicamente crear las condiciones bajo las cuales las personas pueden luchar por avanzar sus metas vitalicias, en tanto evitan pisotear la libertad de los demás miembros de su comunidad.

El historiador inglés Christopher Dawson, se preocupaba porque la religión política secular efectivamente destrona a la religión verdadera. Su afán fue demostrar la centralidad del cristianismo en el desarrollo de la civilización occidental. Edmund Burke coincide con esta visión: el cristianismo es para él una fuerza civilizadora, al punto que consideró que, en este campo, la Revolución Francesa significaba un retroceso. Prescindir de la verdad revelada, era regresar a una especie de barbarie. El ateo Eric Hoffer, a su vez, se ocupa de perfilar el comportamiento psicológico de quienes creen de verdad; a su juicio, se comporta igual un fascista, que un creyente religioso. El punto es importante porque los defensores de la secularidad sostienen lo contrario: que dejar atrás mitos y ataduras fantasiosas constituye progreso y “racionalidad”. En la práctica, entronan idearios políticos, ambientalistas o sociales. Estas religiones seculares tienen como raíces unas bases antropológicas bastante más pobres que las aportadas por pensadores judeo-cristianos.

Quizás el telón de fondo de muchas de las críticas lanzadas a los gobernantes en Guatemala, sea la inevitable desilusión con esa ridícula fe en la política y en los políticos. Dado que nuestras expectativas son románticas, aún un ángel sabio, desinteresado y eficiente, nos defraudaría si le pusiéramos al mando de la cosa pública

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