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Retrato de un partido político, a lo chapín

7 abril, 2017 Carlos Menocal

De no demostrar un cambio sustancial que se asocie a las demandas ciudadanas, los partidos políticos estarán destinados al fracaso.

Sus dirigentes gritan a los cuatro vientos que son democráticos, pero en realidad llegan a ser líderes por componendas ocurridas debajo de una mesa. Sus máximos liderazgos son frutos del caciquismo y el capricho de las figuras acostumbradas a hacer la vieja política. “Si tenés pisto, cabés. Si tenés recursos, estás preparado para la foto”. Esa es la máxima de los partidos a lo chapín.

Los liderazgos de esas agrupaciones –que no quieren entender cuál es la demanda ciudadana histórica, que les requiere cambios de fondo–, buscan a toda costa sus reelecciones y prefieren un proyecto a su medida que les “proclame”, no solo de ser los ungidos, sino de ser los candidatos obligados para seguir con la consigna absurda de “le toca”. Por eso se saborean a diario y ofrecen hacer cambios con nuevas sangres de jóvenes que no existen, que son invisibles.

A la juventud, la rebelde juventud, la usan para la tarea de pegar afiches, mantas y repartir propagada y últimamente, de prestanombres. Nadie de esa brillante juventud puede hablar de un proyecto político porque el partido ha sido diseñado para que los de la foto se reelijan a costa de los recursos destinados para el fortalecimiento del partido a lo chapín.

Nadie tiene derecho a disentir y si no se está de acuerdo, se es rebelde, irreverente y hasta caprichoso. Esos modelos partidarios, que la ciudadanía ya no desea y rechaza a todas luces, usan su propio net center para atacar a quienes califican de disidentes y desertores de un “proyecto único en la historia del país”,  para idolatrar a la máxima figura y hacerle sentirse bien con su ego y su modelo centralizado. Se trata de un grupo de jóvenes, utilizados por necesidad de trabajo, para echarle incienso a la máxima figura, cual procesión de Viernes Santo.

Por ello, el centralismo disfrazado de democracia les cae muy bien. Son liderazgos que quieren cruzar el pantano sin una sola mancha. No les importa, no les interesa y menos desean un modelo político ideológico dentro de su ficha partidaria.

El proyecto político, el futuro de sus correligionarios, de su país, de la historia de la ciudadanía, les son ajenos. De momento, ansían que el tiempo pase para verse reflejados en las vallas, en la propaganda, en la contienda. Sienten que el tiempo no pasa y buscan tener presencia, a toda costa, en una agenda mediática y ciudadana que ni les voltea a ver.

Por eso es que cuando están representados en el Congreso, son anodinos y sus figuras en el hemiciclo derrochan, con semejante gala de ignorancia e inconsciencia, que les interesa su agenda anti-Ministerio Público, anti-Cicig y anti-combate a la impunidad. Otros dicen respaldar esta agenda y por la espalda, preparan la celada.

Eso sí, viven tronándose los dedos porque algún día la justicia les alcanzará. Duermen con un ojo abierto y con el alma en vilo. Mandan constantemente a sus abogados y a sus bufetes a los juzgados, para ver si “algo se ha movido en su contra”.

En los partidos a lo chapín todos hacen la comparsa. No hay coherencia ni identidad ideológica. Pocos creen que habrá cambios a lo interno de ellos, pero experimentan constantemente arrebatos, abusos y prácticas de aprendices de dictadura. Son proyectos tan vacíos de contenido ideológico, que prefieren mover a las masas con financiamiento de sus propios caciques departamentales para que grupos de simpatizantes lleguen a aplaudir e idolatrar a una figura que no siguen por convicción. 

Veremos en el próximo escenario electoral, imágenes semejantes a las ocurridas en las contiendas pasadas. Masas vivientes acarreadas para aplaudir un mensaje que ni entienden, ni asimilan y que evidentemente, no comparten.

Se trata de máquinas electoreras sin cambio. Y aquellos que llevan ya buenos años acumulados, deambulan por este escenario de tinieblas y caminos plagados de espectros que no quieren cambios, que no desean transformaciones y que, a toda costa, se encaprichan por una figura rechazada.

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