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“Sempiterno peregrinar”

4 diciembre, 2017 Federico Cruz

Por: Federico Plus

Hay términos políticos de uso común que están viciados y que pierden su sentido a cada rato, uno de los más manipulados es “democracia”. Nació hiperbólico y así continúa. En Centroamérica, por ejemplo, la noción de democracia está absolutamente prostituida, se hace con ella lo que se quiere cuando hay dinero de por medio. El dinero condiciona la acción política y la impunidad. Se le interpreta como más convenga o sirva a los intereses del bloque de poder. Y esto es así por una razón muy concreta, que se ha fortalecido a partir de otro montón de hechos y decisiones erradas históricamente, pero que a la postre desembocan inefablemente en la intransigencia y la codicia de los que detentan el poder y toman las decisiones.
Nos guste o no, hay que volver al origen, en Centroamérica las oligarquías y las elites políticas, que han fungido como meros gestores de los primeros, jamás han querido asumir la realidad con seriedad y madurez, lo que hasta cierto punto no sorprende porque la de ellos ha sido magnifica, ni han permitido que la democracia se asiente y efectivice con la fuerza que debería para que el universo de reformas y transformaciones que reclaman nuestras sociedades se materialicen.
A veces pienso que sería conveniente llamar la atención de estos dirigentes empresariales elaborando un macro balance de cuentas sobre el tiempo, los esfuerzos y los recursos que se han dilapidado a través de todos estos años para ver si se concientizan de una vez por todas de la gravedad de la situación en la que nos encontramos. Hemos tocado fondo, hemos llegado a un punto de no retorno del que ni ellos mismos van a salir indemnes.
El “trifinio norte” de Centroamérica está políticamente arruinado y económicamente diezmado, se nos fue de las manos, la miseria, la descomposición social y la violencia han alcanzado cotas inimaginables, la vida para muchos de sus habitantes se ha tornado insoportable. Somos los países no involucrados en conflictos bélicos formales con más asesinatos por kilómetro cuadrado reportados anualmente. Lo que nos viene a decir que la actual crisis política hondureña es apenas la última expresión del añejo drama político y social que vive nuestra región.
En Honduras, por razones históricas, geopolíticas, antropológicas y sociológicas, las transformaciones sociales transcurrieron a otra velocidad, no se vivieron con la intensidad que las de sus vecinos, no hubo las guerras y el abominable derramamiento de sangre de Guatemala y El Salvador, las pugnas “oligopolítico-ideológicas” se dirimieron al amparo de un bipartidismo pequeño burgués, irresponsable y corrupto. Teledirigido por la oligarquía hondureña y los gobiernos estadounidenses desde su fundación. En el poder se enraizaron desde el siglo XIX liberales y conservadores (Partido Nacional), que con algunos matices cosméticos representaban lo mismo, ambos comandados por las clases dominantes y responsables del desgaste y la crisis actual del sistema.
Ahora bien, las cosas se empezaron a complejizar, el desgaste se hizo evidente, a partir del inesperado giro político que dio el ex-presidente Zelaya en el año 2009, que imagino constató que si seguían haciendo las cosas como las habían hecho sus antecesores no iban a poder mejorar jamás la situación del país. Lo que por un lado reveló su sensibilidad social pero por el otro dejó entrever una cierta candidez y poco olfato político, porque lo pudo haber hecho de otra forma y haciéndose de más apoyos, quizás así hubiera ganado fortaleza y no hubiera sido removido del poder. Porque la verdad es que su único pecado fue haber volteado la mirada al sur, dándole la espalda a la oligarquía y a los Estados Unidos, como recurso para combatir la pobreza de su país, más allá de si él se vería beneficiado económicamente por esa medida estratégica, era hora de que alguien intentara impulsar políticas que redundaran en el beneficio de las clases más desfavorecidas, antes de eso la historia de la política en Honduras se reduce a corrupción, tradición e inmovilismo.
Los problemas en verdad afloraron a partir de los años noventa con el avance y la aplicación de políticas de corte neoliberal; las mismas que fueron recetadas por los Estados Unidos y organismos internacionales y asumidas a rajatabla por todos los gobiernos y la oligarquía hondureña, que era la contraparte beneficiada de la inversión extranjera que supuestamente llegaría en formidable número a Honduras. Lo que no contemplaron fue que en un país de esas características, con una pobreza y una desigualdad rampantes y unas instituciones políticas precarias y clientelares, inundadas de corrupción, la respuesta a la aplicación de esas medidas iba a traducirse en un repunte inmediato del desempleo, la inmigración, la destrucción del medio ambiente, el narcotráfico y la inseguridad: proliferación de pandillas y bandas delincuenciales, secuestros, asesinatos, extorsiones, etcétera.
Lo que estamos atestiguando en la actualidad es la última crisis, ojalá de muerte -de una larguísima enfermedad- ignorada por la comunidad internacional, del sistema político bananero-oligárquico que rige Honduras. El mismo del que sus artífices no se quieren desprender porque eso supondría ceder poder y dinero, que es lo que nunca han estado dispuestos a aceptar. La de Honduras es la imagen de la tragedia centroamericana, la que ha sido y seguirá siendo si no se toman las medidas pertinentes y se atienden los problemas de raíz, que son fundamentalmente sociales. Entre otras cosas, urge que refrenden su pétrea Constitución y doten de oxígeno al sistema, la comunidad internacional ha de implicarse y las elites políticas y la oligarquía aceptar la voluntad de las mayorías, en todas sus expresiones, incluido, por supuesto, el resultado del último proceso electoral. Es la única forma de detener este espiral de muerte y el sempiterno peregrinar de una sociedad cansada de que le mientan, marginen, roben, ultrajen y asesinen sin que nadie asuma responsabilidades. La gente quiere ver cambios y poder empezar a soñar —como dicen ellos— con la posibilidad de hallarle algún sentido a la vida.

Fuentes consultadas:
MONTEFORTE TOLEDO, Mario (1993) “Tiempos de renuevo” Ediciones FLACSO. Guatemala. p.20.

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