ACTUALIDAD

Sin desigualdad no hay paraíso

2 junio, 2017 Jorge Benavides

A raíz de publicaciones recientes sobre desigualdad e ingresos mínimos en el país, vale la pena resaltar las “inexactitudes convenientes” del análisis.

Primero, algunas aclaraciones.  De acuerdo a cifras de Banco Mundial, en términos de ingreso, se necesita contar con US$33,500 al año (ajustados PPA) para pertenecer al 1 por ciento de personas con mayores ingresos en el mundo.  Esto equivale a 4.34 veces el ingreso promedio anual en Guatemala, más o menos Q17,530 mensuales para una persona que trabaja en el sector formal (14 salarios al año).

Por aparte, aunque recurrentemente se confunde, la cifra para pertenecer al 1 por ciento de las personas con más riqueza en el mundo equivale a US$470,000 (ajustados PPA) de patrimonio, el equivalente a Q3.45 millones.  Como referencia, según las declaraciones patrimoniales que hicieron públicas el Superintendente de Administración Tributaria, así como los Intendentes de Aduanas y Jurídico, los tres pertenecen a ese 1 por ciento de la población más rica en el mundo… y con mayores ingresos.

Ahora bien, el objetivo de mostrar estas cifras es orientar la discusión hacia lo que es importante, y es que no se necesita tanto como imaginamos para ser parte del exclusivo club del 1 por ciento mundial. 

Las opiniones tienden a enfatizar un sentimiento de culpa.  Se buscan culpables que paguen por la desafortunada realidad de un país donde hay un gran número de personas que vive con menos de un dólar al día, pero también se busca provocar cierto malestar en las personas que por sus propios méritos, han logrado mejorar su patrimonio y cuentan con un trabajo relativamente bien pagado.

Aquí es donde entra el meollo del asunto y es la excusa de la desigualdad.  No se critica la importancia de generar ingresos y que esto se logre solamente a través de un aparato productivo capaz de crear y proveer bienes y servicios a un mercado local y global. Se critica que el valor de la producción no se reparte de igual forma entre la población, por lo que es necesario hacer “algo”.

La justificación de ese “algo” apela a un sentido de dignidad humana que pocos nos atreveríamos a rebatir.  No obstante, los medios a los que se alude tienen connotaciones bastante peculiares: reformas tributarias progresivas, duplicar el salario mínimo, programas sociales, gravámenes discrecionales a sectores específicos, etc.

Al respecto quisiera destacar la experiencia mundial después de analizar 167 países en un período de 65 años, pues hay una interesante transición de doble eje: de la pobreza a la riqueza y de la desigualdad a la igualdad.  Hoy en día, la mediana global es de personas viviendo en países de ingresos medio-altos (US$ 11,370 de Producto Interno Bruto per cápita anual) y poco desiguales (coeficiente de GINI igual a 38.1).  Sin embargo, lo más interesante es analizar la evolución de los países.

Solamente 8 en la muestra incrementaron su ingreso manteniendo un coeficiente de GINI igual o menor al que tenían.  Del resto, el camino que siguieron fue de pobres-iguales a pobres-desiguales; de ricos-desiguales, a ricos-iguales. Los países primero generaron riqueza y después lograron reducir su desigualdad.  Primero hubo algo qué repartir y después se repartió.  El interés fue en crecer, no en crecer sin desigualdad.  Los paraísos que existen hoy, primero fueron desiguales antes de ser ricos.

Una inexactitud inconveniente es creer que los países pasan de pobres e iguales a ser ricos e iguales.  La segunda, creer que necesitamos repartir la riqueza para resolver los problemas que tenemos. No se genera riqueza con medidas distributivas, solo se reparte lo poco que hay.

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS