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«Huyan, a su soledad»

6 noviembre, 2017 Federico Cruz

En los abundantes- y deliciosos- aforismos de Federico Nietzsche anida un universo inconmensurable de sabiduría, de cognitio humana. Medicina para el alma, que nuestros aprendices de políticos e inferidos científicos sociales no deberían desaprovechar porque les sería de gran utilidad.

El filólogo, aparte de ser un gran seductor y un exegeta de las palabras, fue también un pope de la sospecha y de la afectividad, conoció en profundidad, fruto de esa lógica abductiva suya, cultivada con delectación a través de su juventud en esas largas caminatas realizadas en los alrededores de Röcken bei Lützen (Sajonia), la voluntad de los procesos naturales y por ineludible consecuencia las ilusiones de la conciencia de sus hijos, los seres humanos.

“Nietzsche, Freud y Marx comparten, entre otras cosas, una hipótesis general: hay que deshacer la falsificación de la sociedad alienada, cuya conciencia- y por tanto cuyo lenguaje- es falso y engañoso. Nietzsche se concentra en el problema del “valor”- evaluación y trasvaluación- busca la clave de la mentira del lado de la fuerza y la “debilidad” de la voluntad de poder”.

Estamos hablando de lo endeble de la conciencia y de las máscaras, las máscaras de las que los individuos somos ávidos consumidores. La sociedad guatemalteca, diría yo, un conspicuo ejemplo. Y es que somos hijos del silencio, del temor, de la rigidez, de ocultar todo aquello que no nos es familiar, ajustado ello, a nuestras áridas convenciones.

La alienación (inconsciente) en la que nos desarrollamos, ignorando que lo importante es lo que subyace a lo evidente, es lo que desvirtúa nuestras interpretaciones, la razón por la que se nos escurre la realidad y lo que nos impulsa a reincidir en añejos errores. El desconocimiento de uno mismo al final es transferido al proceder de la comunidad, enquistándose en el andamiaje psíquico de cada uno de sus miembros.

De ahí, por ejemplo, nuestro amor a las formas y sus consecuencias morales: la hipocresía y la simulación. Y nuestro rechazo a la profundización de las ideas. Y por otra parte, en esa argamasa de desconocimiento afectivo, nuestra incapacidad para descifrar las conductas de los otros. Hecho que nos convierte en un colectivo ingenuo, dado a la ilusión y a los entusiasmos abstractos, carentes de fundamento y previsión. La fibra que, como afirman algunos colegas, configura el absurdo chapín.

El propósito de mi columna de hoy es el de incidir en la necesidad que tenemos los guatemaltecos de conocernos a nosotros mismos, una recomendación que extiendo con especial dedicatoria a mis coetáneos, a determinados compañeros de generación, quienes pronto, quizás, ocupen puestos de dirección política y tengan la inmensa responsabilidad de dirigir los destinos de nuestro país. A ellos recomiendo unas buenas horas de soledad, de introspección, de lectura y de cultivo de capacidad crítica, de no fijación al cálculo matemático, financiero o estadístico, ni a la sofisticación de las ideas y de los proyectos.

Los invito a que prescindan de sus máscaras a manera de que puedan observar con claridad el mundo de miserias y dificultades que nos rodea. Si es auténtico su anhelo, y el deseo de que avancemos como sociedad, antes que nada, necesitamos ubicarnos en la posición que posibilite esa transformación, de lo contrario, es como comprar un billete vitalicio en la rueda giratoria del ratón. Antes de nada, véanse en el espejo y reparen en lo que allí encuentren, y también en lo que escuchen y echen en falta. Las ausencias son esenciales. Desnúdense y procuren librarse de las ataduras que comprometen sus reflexiones y los inmovilizan ante los retos que verdaderamente importan. Ármense de voluntad. Huyan, compañeros, a su soledad.

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