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Soledad que matas… hasta niñas y niños

30 agosto, 2018 Isabel Soto

El síndrome de la soledad, agudizado por la falta de afecto e incomprensión, aqueja a centenares de niñas y niños y es causa frecuente de suicidios.

Agobiados por maltratos de toda naturaleza y una ascendente tasa de abusos de índole sexual, los pequeños pierden su capacidad de soñar y, con ello, las esperanzas en un futuro mejor.

El desasosiego se redobla cuando la pobreza forma parte del ambiente en el cual debe aprender a desenvolverse el menor, mientras que los canales televisivos le muestran un cúmulo indescifrable de opciones inalcanzables.

En Latinoamérica nacen alrededor de 11.4 millones de bebés al año, la mayoría de estos condenados de antemano a sobrevivir en medio del hambre y la desesperación.

Pero también aquejados por un sinnúmero de enfermedades y sujetos a patrones de conducta agresivos legados por sus mayores.

Las generalizadas y casi aceptadas amenazas en los hogares constituyen uno de los factores que más inciden en el incremento del suicidio infantil.

Violencia en espacios familiares

Informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) reflejan que la violencia sufrida por los menores de 14 años se registra casi siempre en sus hogares, a manos de sus padres, cuidadores y familiares.

El suicidio provoca cerca de un millón de víctimas en el mundo cada año y aunque en esta región esos índices oscilan de 4 % a 6 %, vale la pena estar en alerta por su tendencia al incremento.

Mientras los psicólogos recomiendan no golpear ni ofender a los niños, mucho menos ante otras personas, sus progenitores siguen apelando a este maltrato ante el agobio que también padecen por la situación que deben enfrentar en sociedades escasas de oportunidades.

Al verse obligados a laborar en más de un empleo, para garantizar el sustento de sus pequeños y el suyo propio, los padres apenas cuentan con tiempo para intercambiar opiniones con sus hijas e hijos y transmitirles el afecto necesario.

Sin embargo, y pese a los avatares de la vida cotidiana, insisten los especialistas, debe crearse el espacio para comunicarse más con sus vástagos.

Y compartir en calidad y hasta reprenderlos por sus comportamientos inadecuados con seriedad, pero sin maltratos.

Fallos en este sentido generan el caldo de cultivo en el que prolifera la depresión, enfermedad psicológica muy vinculada a la autoeliminación, también tendente al incremento en este sector etario.

Atender a las señales de alerta

De múltiples maneras, niñas y niños demandan ayuda ante la ansiedad terrible que padecen.

Sin embargo, no siempre los familiares, maestros, conocidos y hasta especialistas procuran comprenderlos.

Los menores deprimidos son más propensos a la autoeliminación.

Este trastorno afecta su humor, altera su capacidad de comprensión y atención, provoca cansancio sin motivo, la pérdida del apetito y el sueño, y ocasiona frecuentes cefaleas, vómitos y dolores abdominales.

Un entorno familiar desestructurado, con procesos depresivos constantes o desórdenes psiquiátricos de los padres, así como situaciones escolares y sociales adversas y patologías orgánicas o psicológicas en el niño, son algunos de los factores que pueden desatar el deseo de atentar contra su vida.

En correspondencia con ello, el menor potencialmente suicida o que piensa más en la muerte que otros podría considerar esta alternativa como único recurso para terminar con sus padecimientos.

La familia es un factor esencial en el desarrollo o no de ideas de esta naturaleza: la agresividad intrafamiliar, la dependencia al alcohol o las drogas y la depresión (del niño o de sus padres) pueden predisponer a los menores a desarrollar estas tendencias.

Otros estudios insisten en que los individuos con una historia de abuso sexual en la infancia o maltrato infantil son tres veces más vulnerables a volverse depresivos o suicidas durante la adolescencia o la edad adulta.

Aunque resulta difícil determinar la cifra exacta de los menores abusados, como reconoce el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, se estima que cada año cerca de un millón son víctimas de la industria multimillonaria de la explotación sexual.

Esta problemática se torna más compleja ante las deficientes políticas estatales destinadas a la protección de los menores, amenazados por un mercado exigente en exceso y esquemas sociales que ponderan los objetos materiales.

El “tanto tienes, tanto vales” se ensaña sobre este sector tan vulnerable y alimenta la sensación de vacío que conduce, de forma irremediable, hacia la búsqueda de una paz impensable en medio de la realidad en que viven.

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