ACTUALIDAD

Soluciones para un país de tragedia

17 marzo, 2017 Estuardo Gasparico

Guatemala es una nación con exceso de diagnósticos y escasez de decisiones efectivas.

Los guatemaltecos que tienen la oportunidad de vivir en el extranjero durante un tiempo, pueden darse cuenta de que los medios de comunicación locales casi nunca hablan sobre nuestro país.

Lamentablemente, cuando lo hacen, pocas veces es para transmitir buenas noticias, pues casi siempre solo se confirma, una y otra vez, que a pesar de la lucha diaria de la mayor parte de connacionales por trabajar honradamente, por superarse y por sacar adelante a sus familias, cada cierto tiempo pasa algo grave que echa por tierra las esperanzas y el optimismo.

Por ejemplo, en 2015 Guatemala dio el ejemplo de que es posible sacar del poder a malos gobernantes y obligarlos a rendir cuentas ante la justicia. Pero de ahí hasta la fecha, muy poco ha sucedido.

Luego, ocurrió el deslave de El Cambray 2, con su cauda de cientos de muertos y heridos. La subsiguiente indignación popular obligó a los gobernantes de turno a ofrecer soluciones habitacionales gratuitas para los sobrevivientes, lo que únicamente quedó en promesas.

Ahora, hemos sido testigos de un caso de posible negligencia criminal, que acabó con la vida de decenas de niñas y adolescentes que estaban al cuidado de un Estado que lo menos que hizo fue protegerlas. Y como es usual, otra vez un buen segmento de la población acudió a manifestar, protestó en redes sociales y exigió la renuncia del presidente de la república y sus funcionarios.

¿Podemos esperar que cambie algo de manera positiva? Al parecer, no es así. Y eso se debe precisamente a la ausencia de políticas públicas tendientes a lograr que el Estado cumpla su función de velar por el bien común, comenzando por proteger a la persona y a la familia, que son las bases de la sociedad en su conjunto.

Cuando vemos los resultados de mediciones como los índices de desarrollo humano, competitividad global, de libertad económica, de democracia, de transformación, de percepción de corrupción e indicadores de gobernabilidad, nos damos cuenta de que continuamos a la zaga en la mayoría de todos ellos.

O sea que diagnosticados ya estamos, por lo que si conocemos los síntomas y el origen de la enfermedad, también deberíamos estar en capacidad de comprar las medicinas que curarían esos males sociales.

Y aunque algunos digan que es muy fácil hablar y difícil actuar, quienes tienen en sus manos la toma de decisiones que afectan a los guatemaltecos, solo tendrían que abrir bien los ojos y notar cuáles son las precariedades y las necesidades ingentes de la mayoría, que se vienen arrastrando desde hace décadas.

No hace falta mucho sentido común para darse cuenta de que el mayor de los males en el país es la pobreza que afecta al 60 por ciento de la población y que se debe especialmente a la falta de educación de calidad y a oportunidades de empleo.

Tampoco hay que ser sabio para darse cuenta de que para generar trabajo, es necesaria la inversión privada, pero también la pública; tanto la extranjera, como la nacional.

Pero nadie quiere arriesgar su capital en un país donde no hay certeza jurídica; donde la inseguridad es un problema diario; o donde el gobierno prefiere gastar la mayor parte de sus recursos en sueldos improductivos, que invertir en infraestructura.

Y lo que es peor, donde el Estado olvida que su principal capital es su población y especialmente, la más joven, a la que es necesario alimentar, proteger y formar para que en el futuro se convierta en el motor de una economía pujante que conduzca al desarrollo social y personal.

¿Tiene que pasar algo más grave para que comience una nueva era para Guatemala? Solo de nosotros depende.

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS