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Trump y la globalización

2 febrero, 2017 Paulo De Leon

La agenda económica de Trump incluye cosas positivas y cosas negativas. Es positiva la reducción de trámites y costos de entrada, sobre todo incentivar a los pequeños y medianos empresarios, que son los que generan la mayor cantidad de plazas de empleo. También es positiva la intención de dar los primeros pasos –como el congelamiento de la contratación laboral y un plan de austeridad– en la reducción de impuestos.

El ambicioso plan de inversión en infraestructura también es una buena noticia. No solo porque supone la creación de alianzas público-privadas, sino porque hará más eficiente la forma de hacer negocios.

Estos anuncios causan alegría en Wall Street. Los mercados siguen reaccionando positivamente a esta agenda económica, cuyo único elemento negativo es la retórica proteccionista y antiglobalización.

Los historiadores económicos han separado la globalización en dos fases. La primera es la que termina con la gran depresión ocurrida en el siglo pasado. Se necesitaron varias décadas para volver a armar una segunda ola de globalización, que terminó oficialmente con la crisis de 2008.

Hay similitudes entre ambas eras. La experiencia de los años 30 sirvió para evitar cometer dos errores que agravaron la crisis de entonces. El primero fue iniciar una guerra de monedas y cerrar las fronteras comerciales. Después de esa primera crisis, los miembros del G7 se sentaron y renovaron su compromiso para no repetir esos errores. Sin embargo, después de 2008, los Gobiernos de las naciones del primer mundo cambiaron y las promesas se desvanecieron. Y la frustración alimentó los discursos populistas.

El primer gobernante que rompió la promesa fue Shinzo Abe de Japón. La depreciación del yen detonó la guerra mundial de monedas en 2011, que todavía se mantiene. Los países europeos, los emergentes y China se unieron a la pugna. El yuan se depreció 17 por ciento en 2016.

La guerra de las monedas y la exigencia de cerrar los mercados propiciaron la creación de barreras no arancelarias. Se trata de un eufemismo de protección y de trabas impositivas adoptadas para evitar el ingreso de bienes y servicios extranjeros. Basta preguntar a los exportadores cómo los tratan en los grandes mercados desde la poscrisis.

La globalización se terminó en 2007. Un análisis de Central American Business Intelligence (CABI) muestra que desde la década de los 60 hasta 2007, el crecimiento del volumen de comercio fue mayor y más rápido que el de la economía mundial, hasta en un 100 por ciento. Hubo episodios de retroceso ocasionados por las crisis de los años 1982, 1992, 1998 y 2000. Pero todos fueron seguidos por una rápida recuperación. Esto fue así hasta 2007. Ese máximo no se ha alcanzado y desde ese año a la fecha, el crecimiento de la economía mundial es mayor que el crecimiento del comercio.

Donald Trump no inicia la era de la desglobalización, pero sí puede acelerarla. Sería fatídico que se intensifique la guerra de monedas e, indirectamente, se cierren las economías.

El problema actual es un dilema digno de un análisis de teoría de juegos. Si el dopaje fuese una práctica universal y permitida, ¿cuál sería la decisión de un jugador individual?

Los años siguientes son clave para el futuro del mundo. La política tomará el volante de este carro. Malos resultados económicos llevan a frustraciones sociales y esto alimenta cambios políticos que suelen ser extremos. Esto lo entienden algunos activistas a quienes les gusta el caos. Saben que arruinar la economía es un mecanismo para alcanzar el poder. Por eso, atacan sectores, proyectos e inversiones. La situación del mundo es compleja y requiere claridad, decencia y honestidad. Hacen falta decisiones concretas, muchas veces antipopulares. Trump ha dado buenas noticias, pero sin duda su retórica de proteccionismo, muy al estilo de las ideas cepalianas de los sesenta, son un riesgo mundial.

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