ACTUALIDAD

Un pensamiento sobre la lealtad

9 junio, 2017 Roberto Ardon

¿Cómo entiendo yo la práctica virtuosa de la lealtad?

No hace mucho tiempo, ha estallado una polémica en torno a los contenidos de un libro, pero particular y especialmente por las circunstancias personales de su autor. En ese debate han circulado profusos argumentos sobre la libertad de expresión y el tema de la censura de las ideas y de las opiniones vertidas. Sin entrar a considerar los méritos o la carencia de ellos de la obra en cuestión, me parece que toda esta batería inicial de reacciones ha ocultado y no perfilado suficientemente lo que, a mi juicio, podría estar subyacente en esta discusión y que, de alguna manera, me da pie para compartir algunas reflexiones.

Me refiero concretamente a la lealtad. Esta virtud tantas veces mencionada, pero de difícil puesta en práctica. Encontramos a la lealtad en los votos matrimoniales, en los juramentos patrióticos, en las afiliaciones políticas y hasta en los clubes de amigos. La lealtad ha sido muchas veces retorcida en su entendimiento y ha llegado a evolucionar en ciertos momentos de la historia en una especie de obsesión ciega y enfermiza por una idea o por una persona. Basta poner la mirada en el fanatismo de los nazis, quienes siguieron hasta la muerte a Hitler en su afán de serle leal, o aquellas personas que, siendo objeto de vejaciones físicas o morales, quedan atrapadas en un círculo de silencio y de ataduras emocionales con quien las agrede. Esto, para mí, es la patología de la lealtad. Pero no su verdadero rostro.

Creo que la lealtad es una forma de medir la catadura moral de una persona. Por ejemplo, nadie podrá cuestionar cuánto verdaderamente forma el carácter y el temple de alguien, cuando su lealtad le es puesta a prueba en los momentos más difíciles que pueda pasar la persona o institución de su adscripción. Fácil es volver la vista para otro lado, guardar silencio o sumarse al coro de las críticas. Este es el camino fácil. Sostener la palabra empeñada y permanecer al lado de alguien a quien se le es leal es lo que realmente condecora el espíritu de la persona.

Pero, ¿cómo entiendo yo la práctica virtuosa de la lealtad? Me parece que de entrada debe haber una sensación de orgullo y admiración en pertenecer, ser parte de o sentir la proximidad para con quien se es leal. De lo contrario, no tendría ningún sentido expresar dicha lealtad frente a propios y extraños. También hay una dosis importante de gratitud que exige e impone no tener la ligereza de hablar mal de aquel a quien debemos lealtad o de quien hemos recibido algo.

No necesariamente significa que estemos de acuerdo o que apañemos sus errores –ya veíamos en el ejemplo anterior cómo eso puede llevar a una lealtad mal entendida–. Se trata, más bien, de ayudar con el mejor de los consejos y una actitud siempre de contribución e intención correctiva para ayudar a la persona o institución a ser mejor. Pero esto jamás, en mi opinión, debe suponer desmerecer frente a otros a aquel a quienes somos leales, porque eso nos llevaría por el camino soberbio de querer engrandecerse a costa de empequeñecer a quien nos debemos. ¡Vaya lealtad! Esta supone por último el permanecer firme frente a los valores que dieron origen a mi toma de palabra. En este sentido, significa creer en algo y tener la capacidad de expresarlo y sostenerlo ante terceros. No se puede ser leal con algo, si ayer dije y hoy me desdigo de aquello que fue precisamente lo que me hizo jurar lealtad.

Espero que lo políticamente apetecible que ha resultado esta discusión, en la que por cierto la abundancia de comentarios y perfil de quienes los formulan, pareciera más bien abonar a la demarcación ideológica de nuestro panorama social e incluso, a posicionar comercialmente una obra determinada, no nos haga perder de vista que hay un valor en juego, de esos valores sobre los que se construyen, no países, sino personas.

Cada quien es libre de tomar lealtades o no, y sobre el hecho de cuáles asumir, igualmente libres. Pero de lo que sí debemos asegurarnos en nuestro país es de que la palabra lealtad, para nuestros servidores públicos, para nuestros congéneres y para nosotros mismos, sea una palabra que realmente esté dotada de contenido.

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS