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Voluntad vs. evidencia

21 julio, 2017 Adrian Zapata

No es lo mismo estar confundido que mentir, pero los efectos son los mismos: la realidad se desdibuja, por perversidad o por virtud.

Conozco a intelectuales cubanos que siempre han sabido huir de la ortodoxia sin traicionar los principios. Uno de ellos es Julio Carranza, de quien supe la primera vez cuando él trabajaba en el Centro de Estudios de América, en La Habana. Sus opiniones son calificadas y legítimas, para discutir el futuro de la revolución cubana.

Hoy me voy a referir a algunas de sus ideas –recientemente publicadas en el blog denominado “El Estado como tal”–, en un artículo donde contrasta la evidencia vs. la subjetividad que inspira la voluntad. Esta voluntad puede responder a virtuosos ideales o a mezquinos intereses, a una auténtica convicción o a manipuladoras intenciones de tergiversar la verdad. Aunque éticamente no es lo mismo estar confundido que mentir, para efectos de la práctica acertada de cara a la realidad, los efectos son los mismos; esta se desdibuja, por perversidad o por virtud.

Julio Carranza, refiriéndose a los Estados Unidos, señala “el desprecio de los actuales dirigentes de ese país por los datos de la realidad…”, agregando que dicho gobierno ha hecho “las afirmaciones más delirantes sobre situaciones que están a la vista en las que se aprecia algo muy distinto y a veces hasta contrario a lo que el discurso político afirma impávidamente sobre ellas”.

Entre otros ejemplos, hace referencia a la negación sobre los efectos del cambio climático. Pero también, en relación al actual debate en su propio país, señala críticamente a actores que se consideran progresistas y promueven la creencia de que “lo determinante en una política revolucionaria es la fe y la mera subjetividad…”. Es así como, en ambos casos, se expresa la posibilidad de que exista una relación contradictoria entre voluntad y evidencia, palabras con las cuales titulé esta columna, habiéndolas tomado prestadas de Carranza.

Hoy quiero traer este pertinente debate a nuestra realidad nacional, donde obviamente no está en el escenario la defensa de ninguna revolución, pero sí uno donde las fuerzas de izquierda se encuentran fragmentadas y en condiciones de marginalidad, lamentable realidad que afecta la democracia, ya que la ausencia de contrapesos progresistas relevantes da como resultado un Estado débil y, actualmente, sin rumbo propio definido.

La izquierda revolucionaria proveniente del conflicto armado, cerró su ciclo de vida heredando meritorios Acuerdos de Paz y pasando, casi de inmediato, a la marginalidad política.

Con relación a los sectores progresistas de inspiración demócrata cristiana y socialdemócrata, los primeros desaparecieron después de gobernar (Vinicio Cerezo) y los segundos no lograron constituirse (Colom Argueta y Fuentes Mohr) o bien hicieron un remedo de esa ideología política (Álvaro Colom y la Unidad Nacional de la Esperanza, UNE).

Actualmente los progress, casi todos con ADN oenegista, se han convertido en actores relevantes a nivel urbano, con reivindicaciones restringidas a importantes aspectos superestructurales (jurídicos y políticos) y alucinados con su nunca soñado maridazgo con los Estados Unidos, a partir de las coincidencias con sus intereses geopolíticos.

También es importante mencionar el esfuerzo de constituir un partido político por parte del Comité de Desarrollo Campesino (CODECA), con planteamientos programáticos que son expresión de voluntarismo puro, sin que les importe la viabilidad de los mismos. Otro caso en que se piensa que con la voluntad basta, sin importar las evidencias existentes sobre la realidad.

Urge construir una nueva voluntad transformadora, producto de convergencias nacionales alrededor de lo que las evidencias muestren como necesario, pero también como posible.

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