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Ya se asustaron…

2 febrero, 2017 Carroll Rios

¿El populismo pone en peligro a Occidente? ¿Y qué podemos hacer nosotros para evitar sus efectos negativos?

Fareed Zakaria (Foreign Affairs, diciembre 2016) define el populismo como una ideología que llegó al poder en naciones como Hungría y Estados Unidos, y en otros países hace una oposición fuerte. Más que una ideología, diría yo, el populismo es un estilo de incursionar en la política. Como ilustra el impredecible y pragmático Donald Trump, la imprecisión ideológica es una de sus características.

Zakaria considera que el populismo aprovecha los vacíos creados por las izquierdas tradicionales en Europa, pues estas migraron al centro y abandonaron sus críticas al mercado libre y a los grandes negocios. Ya no son los abanderados de los marginados. Una perspectiva alterna es que estos políticos perdieron credibilidad, no por abandonar sus convicciones socialistas, que muchos de hecho conservan, sino porque se aislaron de sus representados. En casi todos los países donde el populismo hace mella, los ciudadanos expresan su repudio a una clase política cargante y elitista, encerrada en sí misma, enfocada en sus intereses sectoriales, olvidada de los temas que inquietan al ciudadano de a pie. Por ejemplo, desde una lejana Bruselas, la eurocracia produce regulaciones que poco se retroalimentan de las diversas vivencias de los griegos, alemanes y franceses.

Zakaria menciona un interesante estudio por Inglehart y Norris sobre los predictores del voto en Occidente. Antes, el factor determinante parecía ser el nivel de ingreso, pero los acomodados ya no votan por la “derecha”, ni los electores de clase baja y media por la “izquierda”. Además de que los políticos convergen hacia el centro con propuestas prácticamente indistinguibles, los países desarrollados dejaron de crecer, en gran medida debido a decrecientes poblaciones o al invierno demográfico. Las personas intuyen que los políticos, recargados por abultadas deudas públicas, compromisos excesivos y procedimientos burocráticos escleróticos, no pueden revertir el estancamiento. El populista es un “antipolítico”, alguien que no ha estado haciendo gobierno conforme el statu quo, y que por ende presumiblemente puede venir desde fuera y tomar decisiones disruptivas que los funcionarios arraigados no quieren ni pueden tomar. En la misma medida, Inglehart y Norris detectaron que el factor social es hoy más relevante para predecir el voto; las personas están más polarizadas por temas de raza, género y ambiente.

En lo que sí estoy de acuerdo con Zakaria es que, en tanto el populismo parece arrasar en Europa y Estados Unidos, en América Latina pierde fuerza. “Los regímenes populistas de izquierda en Argentina, Bolivia y Venezuela destruyeron a sus países en el transcurso de la última década”, escribe Zakaria. Coincido: el socialismo del siglo XXI no cumplió con la promesa de sacar a los pobres adelante, ni de reducir la desigualdad económica.

¿Qué lecciones aplican a Guatemala? Conviene rebajar nuestras expectativas respecto de la clase política: los políticos no son mesías ni superhéroes. Segundo, una economía pujante que mejora la condición de vida de todos los guatemaltecos nos blinda contra el canto de la sirena populista. Para ello, es necesario fortalecer los derechos de propiedad y desregular. Hay que reducir el alto costo de la formalidad, para brindar acceso a más mercados, y más oportunidades, a un mayor número de ciudadanos. Tercero, debemos proteger las garantías personales y las instituciones que ponen límites al ejercicio del poder. Cuarto, la apertura al resto del mundo, a la globalización voluntaria entre individuos y empresas, es benéfica. Tal clima de prosperidad y crecimiento parece no ser parte de la ecuación de la política populista.

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